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Réquiem por un sueño

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LA POSIBILIDAD DE HACER UNA alianza político-burocrática con el alcalde Petro tiene hoy divididas las opiniones en el Partido Verde. Ayer, la causa del cisma fue el apoyo del expresidente Uribe a la candidatura de Enrique Peñalosa para la Alcaldía de Bogotá, recibido con entusiasmo por el candidato y por Lucho Garzón —uno de los “tres mosqueteros”—, y rechazado por Antanas Mockus, que consideró que una alianza con el uribismo, su adversario en las presidenciales y corresponsable de la corrupción y la debacle de la administración de Samuel Moreno, significaba el suicidio del partido. La derrota de Peñalosa le dio la razón.

En sólo tres años, los verdes, que nacieron en medio del éxito y la euforia de la ola verde y que lograron con Mockus poner en jaque la aspiración de Juan Manuel Santos, han languidecido tanto y han perdido tanto capital político, que la incógnita es si podrán sobrevivir a las elecciones parlamentarias del año entrante, pues mantener la personería jurídica requiere que sus listas para Congreso superen el umbral del 3% de la votación total, lo que significa sacar algo así como 450.000 votos.

Los verdes pasaron de ser ola a sólo espuma, de un exceso de liderazgos fuertes a un déficit crítico de los mismos: Mockus, lejos del partido, está dedicado a las asesorías y ni suena ni truena hoy en política; Lucho calienta silla en el gobierno de la Unidad Nacional; Peñalosa, que renunció a la dirección nacional para no inhabilitarse para aspirar a un cargo de elección popular, y quien podría ser el candidato a la Presidencia si los verdes deciden no apoyar la muy posible aspiración de Santos, no parece ni muy activo, ni muy interesado en la suerte de la colectividad, y no pocos apuestan a que estaría más inclinado a jugar con el uribismo. En cuanto a Fajardo —elegido por un millón de votos y sin duda hoy el mejor ranqueado de todos—, está distante del partido que nunca lo trató bien, dedicado a sacar adelante su programa de gobierno en Antioquia.

Sin embargo, la ausencia de esos liderazgos no necesariamente es la causa principal de su actual y lamentable languidez, pues al fin y al cabo —dice el concejal Juan Carlos Flórez, historiador y exmilitante de los verdes— “la historia de los partidos en Colombia es también la historia de poderosas personalidades” (López Pumarejo, Olaya, Gaitán, los dos Lleras, del Partido Liberal; Caro, Núñez, Ospina, Gómez, del Conservador). La causa fundamental es, más bien, la incapacidad para construir unidad alrededor de propósitos comunes y una nueva estructura partidaria, para formar cuadros y fomentar nuevos liderazgos, para asimilar el fracaso y convertir las crisis en oportunidades. Pero también. y sobre todo, que los “tres mosqueteros”, como codirectores del refundado partido, dejaran la personería y el control de los avales y recursos en manos de Carlos Ramón González, uno de los fundadores de Opción Centro —pista de aterrizaje de los exalcaldes— y hoy director nacional de los verdes. Más interesado en los puestos que en la transformación de las costumbres políticas, maneja y utiliza la maquinaria de su viejo partido para favorecer a sus fichas e intereses políticos.

Si ayer el Partido Verde era esperanza de cambio, hoy encarna la frustración por su parecido a los tradicionales. De ahí que el exalcalde de Medellín Alonso Salazar haya declinado la invitación para asumir la dirección nacional y traer a los fajardistas de regreso. Si los verdes mueren en las elecciones de 2014, el réquiem será por un sueño, pues salvo un puñado de buenos congresistas —John Sudarsky, Ángela María Robledo y Gilma Jiménez, entre ellos—, no habrá razones para llorar sobre su cadáver.

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