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Como un misil cayeron las declaraciones que el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, le dio a Caracol Radio sobre informes de inteligencia que tiene en su poder, según los cuales Timochenko, el máximo jefe de las Farc, ha viajado en varias oportunidades a La Habana, y aunque es prematuro establecer la dimensión del daño que puede causar al proceso de paz, les dieron munición suficiente a los uribistas para reiterar sus críticas y su radical oposición a las conversaciones del Gobierno con las Farc, y dejaron abiertos varios interrogantes sobre por qué el ministro Pinzón dijo lo que dijo.
¿Estaba o no autorizado para hacer revelaciones que confirman versiones que estaban circulando y que, incluso, ya había lanzado al aire el general (r) Javier Rey en el programa Los Informantes de Caracol TV? Mis fuentes aseguran que no.
¿El presidente le dijo al ministro que esos viajes —posibles al amparo de la ley 418 de 1997— fueron autorizados para que el jefe guerrillero se reuniera con sus voceros, que su salida se produjo desde Venezuela con ayuda de los países garantes y —también según mis fuentes— con el apoyo logístico de la Dirección Nacional de Inteligencia, que depende directamente de la Presidencia, o Santos tiene compartimentada la información y no le contó a Pinzón, que vino a enterarse por sus propias fuentes de inteligencia?
¿Se le ‘chispotió’ al ministro, como diría el Chavo del ocho, y dijo más de lo que debía decir, o lo que dijo fue deliberado?
Difícil saberlo con certeza, pero a favor de la segunda hipótesis se me ocurren algunas razones. La primera, que lo hizo para hacer una demostración de su autoridad como ministro y enviar un mensaje a esos sectores de las fuerzas que se oponen a la negociación con las Farc y que consideran una traición que el Gobierno permita que Timochenko, uno de sus prioritarios objetivos militares, viaje a La Habana, con la complicidad de Venezuela donde, según dicen, vive a sus anchas. La segunda, que fue para marcar territorio y mostrar poder frente al negociador Sergio Jaramillo, cerebro del proceso de paz y de la seguridad nacional en la Casa de Nariño, con quien ni se entiende ni tiene química. Y la tercera, que decidió soltar amarras para empezar a abonar su carrera política.
En este sentido, dos episodios indicarían que por ahí es la cosa. En primer lugar, una reciente reunión con la U en la que algunos congresistas le endulzaron el oído proponiéndolo como candidato del partido a las elecciones presidenciales de 2018, propuesta que Pinzón respondió con una sonrisa de complacencia y un silencio que fue interpretado como que le sonaba la idea.
El segundo episodio fue hace tres semanas durante un foro sobre el proceso de paz en la Escuela Militar, en el que participaron el presidente Santos, el fiscal Montealegre y el procurador Ordóñez y al que fueron invitados los negociadores De la Calle, Jaramillo y los generales Mora y Naranjo. Luego de las intervenciones de los tres primeros, el ministro invitó a los negociadores a entrar al recinto donde se llevaba a cabo el foro, y a manera de introducción, frente al generalato de la Policía y el Ejército, les dijo —palabras más, palabras menos— que de todos los que habían hablado antes que ellos, el procurador era quien mejor reflejaba su sentir y el de las fuerzas armadas, que por eso había recibido un aplauso cerrado y que sus palabras, consignadas en un documento, serían, sin duda, un documento histórico.
Así las cosas, todo indicaría que el ministro Pinzón está marcando distancias y que sus cada vez más frecuentes declaraciones y duros pronunciamientos contra las Farc ya no son para cumplir con el papel de ‘malo’ dentro de la estrategia diseñada para negociar en medio del conflicto, sino simple y sencillamente movidas iniciales de campaña, pasos que van más allá de las actividades propias de su cartera. Y a todas estas, ¿el presidente qué?