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Tan espeluznante como anticiparon las primeras filtraciones en abril de este año, fue el informe sobre el polémico programa secreto de detención e interrogación que puso en marcha la CIA durante la administración Bush, luego del atentado a las Torres Gemelas.
Son 524 páginas que resumen las 6.000 de la monumental investigación que adelantó el Comité de Inteligencia del Senado, en las que se revelan el origen del programa y los pormenores de 119 casos de presos sospechosos y/o miembros de Al Qaeda detenidos en instalaciones secretas en varios países del mundo, sometidos a todo tipo de torturas para sacarles información sobre esa organización y el paradero de Bin Laden.
La conclusión es que los brutales métodos no eran la excepción sino la regla, que no produjeron los resultados esperados y que la poderosa agencia de inteligencia no sólo le mintió al Departamento de Justicia e impidió el control del Congreso, sino que filtró información falsa a los medios para contrarrestar las críticas y manipular a la opinión. Un escándalo frente al cual la posición del presidente Obama ha sido ambigua y tibia, pues si bien cuando llegó a la presidencia reconoció como tortura los “interrogatorios reforzados” y los prohibió, su gobierno no ha hecho nada para que los responsables respondan ante la justicia; y si bien apoyó la investigación y la posterior difusión del informe, funcionarios de su administración se movieron para ocultar detalles, empleados de la CIA espiaron los computadores de los senadores del comité investigador, y él mismo, en agosto pasado, pidió tener en cuenta el contexto de miedo tras los atentados del 11-S para “no juzgar con demasiada dureza” a quienes, sin duda, incurrieron en prácticas irregulares, “pero trabajaron duro, bajo mucha presión y son verdaderos patriotas”. Vaya patriotismo.
Lo mismo que piensan el expresidente Bush y sus más cercanos asesores, que han desestimado el informe y justificado las actuaciones de la poderosa agencia. “Está lleno de m…”, dijo el exvicepresidente Dick Cheney en entrevista con Fox News. Por su parte, el exdirector y el actual director de la CIA están a la ofensiva para rebatirlo y minimizar su impacto.
Un capítulo siniestro —otro más—, que evidencia la doble moral de Estados Unidos, que convierte en rey de burlas las leyes internacionales de DD. HH. y señala con dedo acusador a los países donde se violan (Venezuela esta misma semana, por ejemplo), pero pretende impunidad para las atrocidades de la CIA, que actúa siempre en nombre del deletéreo argumento de la seguridad nacional, el mismo que le ha servido para orquestar desde la sombra golpes de Estado, invasiones, conspiraciones, operaciones de espionaje, sobornos, asesinatos e intentos fallidos de asesinato, atentados, experimentos médicos sin consentimiento…
Un historial de infamia que empezó con la Guerra Fría y que, una vez terminada ésta con el derrumbe de la Unión Soviética, continuó reeditado con otras prácticas siniestras para enfrentar al nuevo enemigo: el terrorismo. El capítulo de las torturas, pese al repudio mundial y a reclamos de la ONU para que no quede en la impunidad la guerra sucia de Bush, no pasará del destape ante los medios. Obama intenta pasar la página y el fiscal general, Eric Holder, con la pelota en su cancha, ya dijo que no abrirá ningún expediente para investigar el comportamiento de la CIA o llevar a los responsables ante los tribunales. Como quien dice, mejor dejar así.