Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El voto en blanco está de moda. Es el protagonista de las últimas encuestas, pues nunca tan cerca de una elección presidencial había llegado a niveles del 30%.
Que la tercera parte de los encuestados diga que votará en blanco habla mal del liderazgo de los candidatos (ninguno emociona ni moviliza opinión), pero en especial del presidente-candidato Santos, quien pese a la incuestionable ventaja que le otorga el poder presidencial —mermelada incluida—, registra una intención de voto por debajo del blanco: entre 25 y 27%.
El voto en blanco es también un voto protesta, de censura, de castigo, de inconformidad. Los electores están diciendo que los candidatos no les gustan, que no creen en lo que dicen, lo cual es también reflejo de la crisis de representatividad de los partidos y de los políticos, que no generan confianza entre la gente que los percibe como ajenos al país real, sordos a las protestas, las movilizaciones y los reclamos de fuerzas sociales emergentes y, sobre todo, más dedicados a conservar privilegios y cuotas de poder, que interesados en representar, articular y canalizar intereses generales.
Se trata de un campanazo de alerta que encuentra su correlato en el pesimismo: 6 de cada 10 colombianos piensan que el país va por mal camino. Pero aun así me parece que está sobrevalorado, pues no están todos los que son, la campaña no ha arrancado en forma y hace falta que pasen las elecciones de Congreso y que los candidatos definan y afinen su propuestas. Con el paso del tiempo la intención del voto en blanco irá disminuyendo y es muy probable que suceda lo mismo que pasó en 2010 con la ola verde: que se diluya a la hora de las urnas.
Pero aun si la tendencia se mantiene gracias a la campaña de movimientos pro-voto en blanco, muchos se decantarán por la abstención o porque les da pereza salir a votar, o porque en el fondo creen que el voto en blanco es inútil, que carece del valor político que le reconoce la ley, que puede ser decisivo y cambiar el tablero político si supera el 50% de la votación válida, pues obliga a repetir las elecciones con candidatos distintos. Hay antecedentes del triunfo del voto en blanco en elecciones locales, pero creo que aun estamos lejos de que una situación así se repita en las presidenciales, pues el poder de las maquinarias y del billete es aún muy fuerte.
Sin embargo, es posible que en los comicios de mayo ese voto protesta marque por encima de los niveles que registró en las dos elecciones anteriores: 1,91% en 2006 y 1,53% en 2010. Sabremos entonces si ese nuevo protagonista de la actual campaña política retrocede a los márgenes donde hasta ahora ha estado o se convierte en el fenómeno que pone en jaque el engranaje del sistema político. Mi pronóstico es que aunque el descontento es mayoritario, y el desprestigio y descrédito de los políticos y los partidos son generalizados, el voto en blanco va a desinflarse. Pero mientras llega la hora de la verdad, unos y otros, incluidos los de la izquierda —también afectados por la crisis de representatividad—, quedan notificados. El voto en blanco es como la tarjeta amarilla en el fútbol: una advertencia.