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PAÍS DE PERPETUAS CONTRADICciones y de insensatas mezclas emocionales; que funde paz y alegría, con degollamiento y atrocidad; entierros, con rumbas; lo inmediato, la ceguera y la imprevisión, con una infinita capacidad de amoldarse a las tragedias.
País que llora lágrimas de cocodrilo en los duelos ajenos, que padece la insolidaridad de los demás en sus propios duelos, lugar de pasión sin razones y de razones apasionadas.
País de guerrilla insensata y desmembrada, encerrada en su selva oscura, de huestes diluidas en las ambiciones narcóticas y en la delincuencia común.
País de un gobierno que confunde victorias militares con vocinglería; que monta un ineficaz “operativo de cuadrícula en Florencia para cuidar la ciudad”, pero deja a un patrullero inerme para cuidar a un gobernador amenazado.
País que ha olvidado que, hace 24 años, una víctima clamó “¡que cese el fuego!” durante una toma improvisada por una guerrilla fuera de órbita. Episodio que marcó con el sello de la infamia a un ejército obsesionado por la orden “a sangre y fuego”, que terminó ensañándose en nombre de Dios y de la Patria contra los inocentes. ¿Se le dará ahora prelación a operativos tipo “candado”, mal planeados, que implican sacrificar a los secuestrados?
País en donde, se supone, estas fiestas fortalecen a las familias pero que, para muchos, es la obligación de conseguir un número exorbitante de regalos, sin que haya siquiera tiempo de preguntar qué le gusta a cada quien.
País de copos nevados de algodón, pinos y Papás Noel que nos dejan con el extraño sabor de paisajes inexistentes, mientras que, por esta época, un tropical cielo azul y palmeras son añorados en otros lares, en los que la nieve azota con su inclemencia a los ciudadanos.
De todas maneras, colombianos que nos merecemos una Navidad con sentido profundo de rencuentro y a los que envío mis mejores deseos de tranquila reflexión, después de todas esas indigestiones barbáricas y comerciales.