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Confiar en la propia gente

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La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, dijo esta semana ante un auditorio repleto de estudiantes de Harvard que de niña sólo soñó con ser bailarina o bombera, pero ahora sabe que las niñas pueden ser presidentes de la sexta economía del mundo, si eso es lo que quieren.

Rousseff dijo que, como las mujeres, los países latinoamericanos también podían labrarse su propio camino. Es un mensaje auténtico de una política de 64 años que no ha traicionado las causas de la democracia que ha defendido desde los 16 y por las que pagó hasta cárcel, respaldado en logros verdaderos.

El primero fue disminuir la inmensa desigualdad social. En la última década, bajo los gobiernos de Lula y de Rousseff, ese país consiguió elevar a 40 millones de brasileños a la clase media. Sacarlos de la pobreza significó no solamente un logro ético mayúsculo, sino haber ampliado el mercado de consumidores casi en una Argentina y haber expandido la capacidad emprendedora y creativa del país. “Es lo que sustenta el crecimiento de la economía brasileña y la hace menos vulnerable a las crisis internacionales”, dijo.

¿Cómo lo consiguieron? Construyeron una red de protección social, democratizaron el crédito, masificaron la construcción de vivienda y universalizaron el servicio de energía eléctrica. Pero, considera la presidenta, siendo la educación la mayor herramienta de transformación social, todavía les falta mucho. Por eso buscan seguir mejorando el acceso y la calidad, la pertinencia y los modelos pedagógicos. En esto contrasta con Colombia, a donde, a pesar de los discursos, los gobiernos no se deciden a apostarle en serio a financiar y a mejorar la educación.

No lo hacen porque aún no asumen algo que es, en el fondo, la clave del éxito del modelo brasileño, y es que emana de una enorme fe en su propia gente. Cada brasileño marginado es visto, no como una carga para el Estado, sino como un potencial de riqueza y de innovación que sólo necesita la oportunidad adecuada para que se realice. Así, por ejemplo, al referirse a los afrodescendientes que constituyen la mitad de la población brasileña, la presidenta dijo que son ellos quienes aportan de manera decisiva al espíritu alegre, flexible y creativo del país. ¿Cuándo hablan así, con ese orgullo, nuestros mandatarios de nuestras comunidades negras?

Esa reafirmación en la identidad propia es lo que lleva al Brasil actual a concebir a la democracia como un proceso interno y externo. En casa, expandir la democracia significa para Rousseff seguir cerrando la brecha de las desigualdades sociales y regionales. Así habrá más ciudadanos plenos que exijan el respeto por sus derechos, vigilen al Gobierno y demanden servicios públicos de calidad. Hacia afuera, democracia quiere decir para Rousseff liderar una voz colectiva desde los países emergentes y desde el Sur que diga que de la crisis actual se puede construir un mundo más equilibrado, que “incluya socialmente, distribuya la renta y preserve el medio ambiente”.

Si nos aplicáramos en Colombia a esa meta, incluir, distribuir y preservar el medio ambiente, quizás nosotros también, como Brasil, podríamos incorporar a la clase media a los 20 millones de personas que hoy viven en la pobreza. El liderazgo de Rousseff y de su partido ha consistido en osar pensar en que se puede: las mujeres pueden ser grandes presidentes, se puede derrotar la pobreza en pocos años, se puede trazar un camino propio. Colombia también podría lograrlo si nuestros líderes ponen en ello su real voluntad política, descolonizan su pensamiento y dejan de llenarse de excusas para posponer la inversión en grande en el desarrollo de las capacidades de sus ciudadanos.

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