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EL NARCOTRÁFICO LLEVA AÑOS INStalado en los procesos electorales colombianos.
Infiltrado como el hilo de oro en los billetes que financian a los candidatos. Agazapado como munición en los fusiles que amedrentan a los electores. Tejido en el poncho de patrón de finca que impone lealtades políticas. Incrustado en el lavadero sobre el que muchos flamantes empresarios han cimentado sus espumosas fortunas rápidas. Camuflado entre líneas, en decretos y leyes que no sirven al interés público sino al del mejor postor.
Hay quienes creen hoy que después de la seguridad democrática, del narcotráfico sólo quedan unos cuantos perros flacos y apaleados, con la autoridad pisándoles los talones. Cultivos de coca en picada, números históricos de capos y capitos extraditados a Estados Unidos y cifras récord de laboratorios destruidos. Las Farc, dice el Gobierno, ya no tienen tan a mano los chorros de dinero del negocio, y las bandas criminales son eso, apenas unas bandolas aquí y allá.
Emocionados pensamos que, en el peor de los casos, el negocio se fue a México y, como Chávez anda de pelea con los gringos, se trasteó a Venezuela con sus carteles relucientes de soles.
Sí ha habido progresos; pero como en tantas ocasiones anteriores, cuando exhibimos la cabeza del último ‘narco’ anunciando el final, en el trasfondo se adivina una nueva organización criminal en ciernes. Hoy ‘Los Rastrojos’, como su nombre lo indica, se han extendido como yerba mala desde la costa Pacífica hasta la frontera con Venezuela. Su puja por rutas ha llenado de dolor a las comunidades indígenas nariñenses y caucanas que, solitarias, resisten. Han amedrentado a líderes sociales que se les atraviesan en sus planes de esclavizar a todos. Y han comprado su pase a varias curules en el Congreso.
Otro cartel es el de ‘Los Urabeños’, con patas en poderes legales locales y nacionales, siguen exportando droga que sacan del sur e importando muerte en media Antioquia y parte de la costa Caribe.
En esta campaña presidencial se está debatiendo sobre el narcotráfico con mayor franqueza que en las anteriores. Dos candidatos han presentado ideas sobre cómo atacar al monstruo de mil vidas. Petro ataca de fondo: hay que hacer una audaz política, en alianza con Estados Unidos, que conduzca a que los ‘narcos’ les devuelvan la tierra usurpada a los campesinos y desalojen para siempre la política. Mockus dice que es urgente combatirlos culturalmente, recuperar las defensas morales de la sociedad frente a su poder corruptor y hacerles ver que las fortunas fáciles sólo dejan cárcel y muerte prematura. Varios han hablado de liderar un viraje en la actual política internacional de prohibición, responsable del multimillonario negocio ilegal que socava 23 democracias de América Latina.
Saldrán los estadistas y los meros machos a decir que son propuestas ilusas; que lo mejor es más Policía, Ejército, fumigar campesinos, meter a sus madres presas en las cárceles por tráfico de pasta, extraditar. ¡Por favor! Eso es lo que hemos hecho por un cuarto de siglo, más papistas que el mismo Papa de Washington y aún hoy, cuando allá están repensando la “lucha contra las drogas”, aquí seguimos pegados a esa fórmula tan costosa en vidas y tan poco fructífera.
Escuchemos estas nuevas voces más idealistas, sí, pero menos obvias. Mejoremos sus propuestas, aterricémoslas, pero de una vez por todas, miremos de frente al enemigo y evaluemos qué tanto se nos ha metido en la nacionalidad y cómo nos lo sacamos. Que no sea más una excusa para no construir instituciones justas y democráticas, la única base sólida para una paz duradera.