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La política, la misma culpable de la guerra colombiana, fue la que le jugó sucio al acuerdo de paz suscrito a fin de septiembre entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc.
Es irónico, porque si en algo importa ese documento es precisamente porque es la primera vez que los dirigentes del país dan un paso firme y determinado a abandonar la violencia y la trampa como método sistemático para acumular poder. El presidente Santos apostó esa paz construida con cuidado en cuatro años en el plebiscito del 2 de octubre, y perdió, no todo aún, porque en el intento sacó un Nobel de Paz y la derrota empujó a los estudiantes a pedir un mejor futuro que, en algo, devolvieron la esperanza de revivir el acuerdo.
Sin embargo, las propuestas de los que se sienten dueños del No de cómo salir de este entuerto en el que nos metimos, no parecen haber tenido en cuenta más que a sí mismos. No escuchan a la comunidad internacional que tanto se ha empeñado en que Colombia cierre por fin su capítulo de guerra fría, ni a la enorme movilización social en favor de ratificar los acuerdos. Sus fórmulas son tan formales, como excluyentes, y que muy a la moda de la política tradicional, dicen una cosa cuando quieren decir otra.
Creo, sin embargo, que la salida no puede estar en la negación del espíritu de ese Acuerdo de Paz que busca incluir a los marginales y tolerar a los que piensan distinto. Si se lee distinto lo que pasó, quizás veamos una salida más democrática.
¿Por qué se abstuvieron seis de cada 10? Leí relatos culpando a la gente de apática e indolente. No lo creo. En realidad, el sistema electoral colombiano está diseñado para que la mayor cantidad de gente no pueda votar. No hay voto adelantado por correo; es necesario registrarse para votar con meses de anticipación; y, si viene un huracán, como, de hecho, sucedió el día del plebiscito en el Caribe colombiano, no se extiende el restringidísimo horario de votación. Con ese sistema, ¡qué ironía!, ni siquiera los desplazados, aquellas 923 personas que salieron corriendo de sus hogares con lo que tenían puesto entre julio y agosto pasado en el Catatumbo para no caer en el fuego cruzado entre Ejército, Farc y otros grupos armados, pudieron votar por la paz.
La lógica tradicional es que mientras menos gente vote, más van a pesar los votos amarrados de los políticos. Pero cuando su poder no es el que está en juego, no mueven la máquina de votos comprados, intercambiados por favores o impuestos por miedo. Menos aún esta vez, cuando acuerdo firmado en La Habana hablaba de reforma electoral, garantías políticas reales a la oposición; de parar, de una vez por todas, la violencia como arma de la política.
Es muy difícil pedirle a una máquina programada para la trampa que juegue limpio. Por eso, sin máquinas, la participación ciudadana auténtica quedó reducida al mísero 36,7 por ciento, dividido entre el 18,4 por ciento por el No y 18,3 por ciento por el Sí. ¿Y de quién es ese No? En parte sí es de los seguidores del expresidente y hoy senador Álvaro Uribe. Nadie duda de su popularidad. También hubo votos fruto de la campaña uribista para diseñada para enfurecer a la gente, según lo confesó ya el director de la campaña del No. Pero hubo cientos de miles de votos por el No por muchas otras razones. El No ganó en Caquetá porque algunos desconfiaban de que las Farc realmente dejaran las armas, cuando ese ha sido territorio suyo por décadas. En Medellín un viejo que entrevisté no aguantaba que los desmovilizados recibieran sueldo, cuando él para ganarse uno menor tenía que trabajar duro. Y la palabra paz casi no figura en el diccionario de algunos pueblos del Bajo Cauca sometidos por el crimen organizado.
Por esto, porque el No es multiétnico, pluricultural y diverso política y socialmente, no me parece democrático que se lo apropien cuatro dirigentes, y resuelvan ellos cómo interpretarlo y qué le quitan y le ponen al acuerdo. (Eso sin advertir de la posibilidad de que al echarle tijera, muchos intentarán meter sus micos).
Tampoco pienso que antes del plebiscito, el acuerdo careciera de legitimidad. Tomó cuatro años negociarlo, e intervinieron no solo Farc y distintos representantes del Estado, sino que lo alimentaron decenas de foros de discusión en todo el país, las víctimas de guerrillas, del Estado y de los paramilitares que fueron a La Habana haciendo valer sus derechos, decenas de expertos nacionales y extranjeros de todas las ideologías, que asesoraron a las dos partes, representantes de los cuatro países acompañantes, enviados especiales de Estados Unidos y de otros, funcionarios de Naciones Unidas y de la OEA y cientos de organizaciones de la sociedad civil. Además, medios privados y públicos explicaron y debatieron el acuerdo hasta el cansancio.
Si el acuerdo fue construido con la participación y el debate libre de muchos sectores, si la máquina que mueve el sistema electoral, por definición, impedía un plebiscito de mayorías, y si el 18,4 que votó No, no se le puede atribuir a un solo partido, ni una misma crítica al acuerdo, entonces solo hay una salida posible: dejar el Acuerdo tal cual quedó. Más que devanarnos el seso para cambiarle palabras y modificar el papel, mejor sería preocuparnos cómo ese documento se convierte en realidad, y entonces ahí sí incluir allí la voz del No y del Sí, en la proporción en la que participaron.
Se podrían crear, por ejemplo, comisiones especiales de vigilancia ciudadana representadas según como se votó el plebiscito en cada departamento, con mayoría del No donde ganó el No y del Sí, dónde este ganó. Estos equipos de trabajo, apoyados por técnicos, vigilarían especialmente, y en llave con los monitores de Naciones Unidas, todo el proceso: desde que los guerrilleros realmente dejen las armas y que sus jefes, al igual que aquellos militares que practicaron la guerra sucia, vayan a la cárcel si no cumplen en serio con la verdad, hasta que en efecto se hagan las inversiones prometidas para mejorar la calidad de vida en el campo o asegurarse de que los desmovilizados estén colaborando efectivamente con el desminado y la erradicación de cultivos ilícitos.
Estos líderes locales del Sí y del No pueden ser convocados por Cabildo Abierto o nombrados por una combinación de sector público y privado en cada región. Así se incluyen a los que participaron directamente y nadie puede abrogarse el derecho de cambiar un Acuerdo que tanto esfuerzo costó a nombre de una mayoría que no se sabe por qué votó no. Con el plebiscito, el Acuerdo de Paz quedó atrapado en ese mismo sistema excluyente de máquinas clientelares y elecciones restringidas. Ahora se nos agota el tiempo porque no es viable mantener un cese al fuego indeterminado. Aprovechemos la oportunidad para darle el chance a que este pacto nos sacuda de encima la política mañosa y violenta, cuyos resultados, hoy lo vemos de nuevo, nos meten una y otra vez, en el ciclo perverso de la guerra.