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En la última novela de Azriel Bibliowicz, Migas de pan, un bellísimo canto a la vida en medio de la guerra, su fascinante personaje Josué ha construido un “almanaque de las rupturas” en el que en lugar de conmemorar batallas y milagros, recuerda “a los auténticos mártires de la historia, las víctimas anónimas de la humanidad”.
Propone, por ejemplo, un mes en que se rememore a quienes sufrieron el Holocausto nazi, y otro a los palestinos caídos en los campos de refugiados en Sabra y Chatila, otro más a los indígenas aplastados por los conquistadores en América, y otro a las víctimas de la Violencia en Colombia y, así los doce meses.
Ese personaje me hizo comprender mejor por qué es que necesitamos la memoria; por qué Colombia no podrá salir de los ciclos de guerra mientras no nos tomemos en serio la reivindicación de los caídos: aquellos que murieron haciendo justicia, o salvando a otros, o sufriendo el cautiverio, o negándose a sacrificar su libertad aún con un fusil en la sien; pero también a los que sintieron miedo, rabia, dolores del cuerpo y del alma.
No es recordar a las víctimas para compadecerlas, ni siquiera para sentir vergüenza de haber construido una sociedad que maltrata de esa forma a sus ciudadanos, muchas veces a los mejores y más valiosos. Es traerlas al presente para dignificar y honrar su sacrificio, para rescatar su humanidad; es reconocer que la cordura que nos queda es gracias a ellas.
Adaptando la idea a nuestra historia, podríamos marcar el 17 de enero para recordar a los asesinados a garrote en Chengue, Sucre, en 2001, y el 29 de agosto de ese mismo año, el homicidio de la fiscal Yolanda Paternina, a quien el Estado abandonó cuando intentaba investigar esa masacre; y el 21 de febrero poner las fotos de Deyaner, Natalia y Santiago, los niños pequeños muertos a bala en San José de Apartadó en 2005; y en una fecha de fines de enero, recordar a Julián Ernesto Guevara, fallecido en 2006, después de ocho años de cautiverio; y el 2 de octubre, la ejecución de monseñor Jaramillo en Arauca en 1989.
Si estas y las muchas otras fechas hicieran parte del almanaque oficial, al menos por un año, quizás comprenderíamos mejor en qué país vivimos, de qué material oscuro está hecho este conflicto, los caminos que cierra, las vidas que corrompe. Podríamos además ver con mayor claridad que éste aún no cesa (si tan sólo marcáramos los días de las víctimas del Pacífico del último año, ya no nos quedaría espacio para más).
Los sacrificios de centenares de miles de personas se deben rescatar, porque son la luz que nos inspira a construir una sociedad que respete la vida.
Finalizar la guerra no es simplemente sacar a las guerrillas de escena, sea por la vía armada o por la negociación. Resignarse a esa paz sería desconocer a los que se inmolaron intentando hacer una sociedad más justa, a los que padecieron las injusticias; es como decirles que murieron por nada; que hubieran podido no existir.
La urgencia es ponerle fin al conflicto como se debe, reconociendo a los sacrificados por todos los bandos, y que sea su memoria la que nos conduzca a celebrar la vida que renace, poniéndole fin a la política violenta, democratizándola de verdad, que florezcan sin miedo las ideas diferentes y el talento creativo de millones de personas que hoy, por la cerrazón política y económica, apenas si sobreviven al margen. Esa paz con memoria es a la que vale la pena apostarle.