Publicidad

Si lo dejan

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

LA UNIÓN DE LOS MEJORES Y MÁS DIversos colombianos impidió que Álvaro Uribe se quedara en la Casa de Nariño por un tercer periodo.

Sabían que sin alternancia en el poder, la democracia degenera en abusos, prepotencia, asfixia de la oposición y malas prácticas. Por eso, con la llegada de Santos se sintió el alivio: nuevos planes, un tono amable, un estilo institucional.

Pero no ha tenido Santos dos meses de estrellato, cuando ya Uribe reapareció en la escena, triunfal, rejuvenecido, encabezando titulares. Él es libre de opinar lo que le dé la gana, pero con actividad política tan intrusiva, el sano debate sobre la escandalosa concentración de la tierra o la corrosiva corrupción volvió a la simplista fórmula de si Uribe está o no de acuerdo. Un déjà vu de ese mundito rastrero, pobre de ideas, en el que los caudillos suelen sumir a sus pueblos, y del que creímos haber escapado.

Es como si la presidencia de Santos hubiese acabado prematuramente por alguna calamidad, y su antecesor hubiese regresado de afán a tomar las riendas del Ejecutivo.

Uribe se reunió con la bancada de la U y con la conservadora (le faltó el PIN, pero como es el partido tinieblo del uribismo, nadie quiere reunirse con él en público). Les dijo que el proyecto de ley de víctimas no debe reconocer a las víctimas de agentes del Estado, aunque Santos había acordado con los liberales incluirlas. Después de juntar a Restrepo, el actual Ministro de Agricultura, mordaz crítico de su gobierno, con Arias, el suyo de bolsillo, Uribe atacó el nervio central que sostiene la idealista reforma de Santos. Dijo que lo que propone el proyecto, que se reverse la carga de la prueba y sean los dueños cuestionados quienes tengan que probar la legitimidad de sus títulos y no los campesinos despojados, “podría desmejorar la inversión en el campo”.

El ex presidente, además, se resiste a respetar la estrategia patriótica de distensión con Venezuela que ha liderado Santos y su excelente canciller. Criticó desde Estados Unidos a naciones de la región que caminan hacia una “nueva forma de comunismo” y que estaban ignorando la presencia del narcoterrorismo, entre otras pullas a Chávez.

Dijo Uribe el pasado miércoles que “su principal tarea será la de sacar adelante la agenda legislativa que el presidente Santos le ha prometido al país”. ¿Por qué Santos, un presidente con 10 millones de votos y la coalición política más amplia de la historia reciente, necesita un papá que lo avale y le haga la tarea en el Congreso? ¿Es este un hábil abrazo de oso que disfraza la manipulación de respaldo?

Si Uribe retoca proyectos según su ideología, convoca ministros, domina la agenda pública, captura las noticias y actúa como el buen padrino de su sucesor, aterricemos, ha vuelto a reinar. Y si bien sería mucho decir que reemplazó a Santos, sí empieza a verse cada vez más como un monje negro, una especie de José Obdulio de la nueva administración; claro está, bastante más popular.

Uribe dijo que sólo quiere ser “un ayudante de la democracia”. Es su manera monjil de disfrazar su gustico por el poder, y si Santos lo deja, como dice la canción, se va a querer quedar con él toda la vida.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido