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El Senado que arranca en cuatro días será de oro, pero puede pelar el cobre.
Será de oro por sus figuras políticas, desde los veteranos ex presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente, Horacio Serpa y Antonio Navarro y el expresidente de la República Álvaro Uribe, pasando por los aguerridos del Polo, Jorge Robledo e Iván Cepeda, hasta las más novatas, pero igualmente combativas, la uribista Paloma Valencia, y la Verde, Claudia López. Tendrán puntos de vista fuertes, diversos y contradictorios frente a disyuntivas que pueden conducirnos a un construir futuros opuestos para el país en el próximo cuatrienio: hacer la paz o seguir la guerra; desarrollar el campo más con agroindustrias o más con campesinos; privilegiar la riqueza minera o la ambiental; ampliar la educación superior pública o abrir el negocio privado.
Será de oro porque fuerzas de derecha, que agazapadas como serpientes han envenenado la política por años, ahora estarán allí dando la cara, en la banca de la derecha. No importa que el senador José Obdulio Gaviria, experto en el arte de cambiarle el nombre a las cosas, se autodenomine del partido del “sentido común”. El Centro Democrático y buena parte del conservatismo representan a los colombianos que creen en el orden y la seguridad por encima de la libertad y en el progreso económico por encima de la igualdad social, y eso se llama derecha. No tienen que avergonzarse. Es positivo para la democracia.
Será de oro también porque definirá cómo vamos a refrendar o a revisar un eventual acuerdo con las Farc. Además discutirá cómo podremos aprovechar el momentum de la paz para tapar las grietas del sistema por donde sale el vapor de los odios que mantiene a la guerra andando a toda máquina. Para ello se necesitan también las voces de disenso. Entender las razones de los críticos del proceso de La Habana y, sobre todo, atender los clamores de los ciudadanos que representan, será necesario para construir la “paz territorial” de la que habla el comisionado Jaramillo.
Será de oro porque al enfrentar a izquierda con derecha en cada tema álgido, pueden salir aprobadas reformas sensatas de la política y de la justicia. Las extremas, jugando en democracia, se le atravesarán con todo a las propuestas inadmisibles de sus adversarios, y por eso mismo lo que va saliendo convertido en ley será lo más tolerable para todos.
Claro, también puede pasar que tanto lustre pele el cobre. Que las propuestas de los brillantes senadores no obedezcan a su auténtico sentir de cómo se debe arreglar el país, sino a sus ambiciones futuras de acumulación de poder o a las agendas de los intereses privados que los financian. Que se opongan al acuerdo de paz, no porque les preocupe de verdad la impunidad de los jefes guerrilleros, sino porque en la guerra cosechan más votos. Igual de perverso sería que lo apoyen porque les prometieron un contrato. O que tantos egos juntos bloqueen una discusión genuina, pues en lugar de renovar la democracia, les interese aparecer de ganadores.
Temo que ciudadanos y periodistas nos dejemos llevar por el espectáculo (que sin duda será entretenido) y permitamos que éste nuble nuestro razonamiento crítico o nos lleve a engavetar verdades difíciles. Si nos quedamos solamente reproduciendo enfrentamientos jugosos entre los ilustres senadores, el público no sabrá diferenciar entre fuegos artificiales y batallas reales por el contenido de las leyes y por el control a la gestión del Estado, y menos conocerá lo que está en juego en la batalla más importante: la última que debemos dar para terminar el conflicto armado de medio siglo.