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Luego de la matanza de Inzá —nueve muertos y treinta heridos— y las 53 viviendas semidestruidas, las pérdidas cercanas a los cinco mil millones y la cínica justificación de este acto demencial porque la estación de policía estaba ubicada en el corazón del pueblo y no lejos del mismo, la narcoguerrilla de las Farc le dio su aguinaldo al pueblo colombiano: una tregua unilateral del 15 de diciembre de este año al 15 de enero de 2014.
Es decir, trató de borrar con la mano lo que escribió con el codo, pretendiendo que este oportunismo opacara una miserable incursión contra una población que el día de mercado se disponía a hacer sus compras de la semana.
El anuncio hecho con la parafernalia que rodea las declaraciones de quienes dicen querer la paz pero siguen atentando contra la población civil utilizando sus perversos tatucos, es una patraña y un engaño más.
El pasado año, durante la misma tregua, se registraron las más de 50 incursiones guerrilleras perpetradas, según ellos, por quienes no se acogieron a la orden del secretariado o no están de acuerdo con las negociaciones, o por personas totalmente ajenas a su causa pero curiosamente practicantes de sus mismas mañas.
Así las cosas, lo de Inzá quedará impune y además, nunca habrá ni reparación ni reconstrucción. Los muertos ya los velaron y los enterraron y ya son cosa del pasado, para muchos, claro está, pero no para todos. Y la tal tregua, repito, no será lo que tantos ingenuos creen sino una mentira más decretada para que a sus unidades móviles el Ejército las deje quietas y aprovechen la bajada de guardia para reubicarse y aprovisionarse.
Ojalá las fuerzas militares no coman cuento y los colombianos no nos hagamos falsas ilusiones: históricamente estas treguas nos dejan más decepciones y esta será una más. Pero que todo sea por la paz, ¿hasta cuándo?