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La descomposición de la política colombiana ha llegado a extremos tales que el propio expresidente Andrés Pastrana Arango solicitó a los directivos de su partido —el Social Conservador— practicar el mandamiento de no robar.
Semejante solicitud quedó sepultada ante las avalanchas de las muchas malas noticias por el invierno, las inundaciones y las mismas avalanchas que han ahogado y echado al olvido hechos tan graves como lo que está sucediendo en el partido de Caro y Ospina.
Y es que no tiene presentación alguna que la secretaría general de esa colectividad haya organizado un homenaje al narcoparamilitarismo con viandas y qué sé yo qué más atenciones con motivo de la Navidad, contratadas con una exclusiva casa de banquetes capitalina.
Pastrana, además, denunció el apabullante silencio de su partido ante la corrupción de sus directivas, agravando aún más la enfermedad conservadora, y la exministra Marta Lucía Ramírez se sumó a esta protesta, rechazando el viaje a La Picota de los altos jefes de la colectividad azul.
Mal, pero muy mal, va el Partido Conservador: cuando no están inmersas sus directivas en líos de sábanas de moteles, andan rindiéndole tributo a unos presidiarios, cuando no robando, a decir del expresidente de la República.
¿Qué es esto? ¿A qué nivel de degradación ha llegado el autoproclamado partido de la moral, los buenos modales, el respeto y la ética, mil veces cacareados como sus estandartes?
Se deben estar removiendo en su tumba quienes empuñaron la bandera conservadora y pusieron su caudal de sangre en defensa de los ideales por los que lucharon en décadas anteriores.
Pedirle a un partido “no robar” es decirle ladrón y máxime cuando proviene de un ilustre militante que ocupó el solio de Bolívar. ¡Qué vergüenza!