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Para muchos pasó desapercibido, para algunos fue algo sin importancia y para otros una oportunidad de hacer una reseña social en las revistas.
Sin embargo, el saludo entre las esposas del presidente Santos, María Clemencia Rodríguez, y la del expresidente Uribe, Lina Moreno, fue un momento que podría dar inicio a una firma de la otra paz entre estos dos colosos de la política.
Pese a que no habría sido difícil evadirse o pasar por encima la una de la otra y viceversa, el encuentro se dio sorpresivamente y pudo más el instinto femenino que el tenaz enfrentamiento entre sus maridos, a quienes no ha sido posible sentar en la otra mesa de conversaciones.
Y no deja de sorprender ese saludo que no se vio impostado ni menos obligado, sino, por el contrario, espontáneo y sincero, como queriendo decir en ese instante estamos hartas de esta otra guerra que se libra en el Congreso, en el lleva y trae y en los medios de comunicación. Los actos criminales y canallas de las Farc de la semana pasada deben llevar, lejos de pedir la cabeza del presidente que eligieron los colombianos, a apoyar a la institucionalidad nacional representada en el primer mandatario y a cerrar filas alrededor de proseguir en el espinoso camino de buscar una salida negociada al conflicto sin que esto signifique claudicar ante los principios de nuestra Constitución.
Y ese saludo entre estas dos mujeres puede ser el comienzo —repito— de un entendimiento mas allá de las motivaciones que generaron los agrios enfrentamientos entre Santos y Uribe, porque es sabido que son ellas —las féminas— las únicas capaces de lograr los imposibles en el amor, en la guerra y en la paz.
Que las regañaron en sus respectivas casas por haber tenido semejante osadía —como lo insinuó la fogosa columnista Gloria H— nunca lo sabremos. O también a lo mejor fueron felicitadas debajo de las cobijas, que es donde se arreglan muchas de las cosas de esta vida.