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Jamás se imaginó Ferdinand Porsche que el vehículo que inventó enfriado por aire y no por agua —como todos los demás— iba a formar parte del conglomerado automovilístico más grande del mundo casi un siglo después.
Creo que esa pretensión se la dejó a Henry Ford o a Karl Benz, entre otros, a pesar de que el auto que lleva su apellido es uno de los íconos mundiales en materia automotriz.
Es más: dicho conglomerado es dueño de Audi, Seat, Lamborghini, Bugatti y Bentley y cuenta con mas de 600.000 empleados, siendo la empresa más grande y poderosa de Alemania. Pero como la ambición rompe el saco, sus altos mandos —por ganar más dinero— decidieron trampear el sistema de control de emisiones de 11 millones de vehículos diésel, marrulla que fue descubierta entre otras cosas por un ingeniero caleño residente en los Estados Unidos, y ahí fue Troya.
Hoy la multinacional está en el ojo del huracán. Sus acciones se desplomaron. Se esperan multas billonarias y de seguro sus ventas sufrirán una baja impredecible.
Pero lo más grave es que el orgullo de un país se ha puesto en entredicho en un tema tan sensible como es la protección del medio ambiente. La vergüenza de millones de germanos es total y, por más que rueden cabezas, pidan perdón y hagan una jugosa donación para la conservación del planeta, el tufillo del engaño no podrá ser superado tan fácilmente.
Alemania entera llora por este imperdonable error y los competidores de Volkswagen enfilan sus baterías para bajarle del pedestal. La implacabilidad les hará cobrar con sangre semejante desatino y ya veremos a los chinos, coreanos, japoneses, indios, gringos y europeos practicando aquello de “al caído caerle”, tan propio de la humanidad.
Ojalá este no sea el triste final del auto del pueblo que atentó contra el medio ambiente por unos dólares, diré, por unos marcos más.