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Es insólito que con sus declaraciones, un delincuente como alias Popeye —lugarteniente del nefasto Pablo Escobar— pretenda, luego de sus crímenes y fechorías, posar de buen ladrón y entrar a formar parte de la farándula nacional, ante la mirada complaciente de una sociedad que parece haber olvidado todos los delitos que cometió y que cree que con un carcelazo de los años que sean —22, que son poquitos frente a sus atrocidades— ya pagó su condena y puede reintegrarse a una comunidad que lo debe acoger con admiración y respeto.
Y lo peor es que hay quienes les están haciendo el más macabro juego a sus pretensiones y le sirven de puente para que con la mayor desfachatez se despache en entrevistas con un libreto procaz en el que el Cartel de los Sapos o alguna otra de esas macabras truculencias son cuentos de hadas.
Alias Popeye pone en manos de Dios su vida y se encomienda al altísimo para que le ayude a perdonar sus pecados a punta de padrenuestros y avemarías y así salir campante por las calles saludando por doquier e incluso firmando autógrafos como cualquier celebridad.
¿Cómo así? ¿A tales extremos hemos llegado de complacencia frente al delito que un matón confeso comenta sus asesinatos a nivel anecdótico como si se tratara de algo común y corriente? Es imposible que la justicia le abra las rejas de la cárcel y no sería raro que le brindara protección para salvaguardar su vida, colocándole de escoltas a varios policías de los mismos que él sacrificó y ayudó a matar a sangre fría en cumplimiento de las órdenes de su patrón del mal.
Que el alias Popeye se pudra en la cárcel y que no volvamos a saber de él, debe ser el clamor de una comunidad que no puede tolerar que los esguinces de la justicia den para dejar en libertad a un criminal que otro país ya habría sometido a una merecida pena capital.