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Mientras se acercan la nochebuena y el estridente fin de año que pareciera colapsar la mente y la razón de los colombianos y hacernos olvidar lo malo del año que se va, el enemigo ya no tanto silencioso de la guerrilla sigue haciendo ochas y panochas en el devastado departamento del Cauca.
Muerto Cano —allicito no más, como dicen en esas tierras— se bajó la guardia y la presión sobre tan vasto territorio. Y era más que lógico:
La insurgencia sigue dando golpes en otros lugares de nuestra geografía y es menester hacer presencia en esos lares.
Empero, lo que quedó del Cauca luego de Cano es aterrador. Unos guerrilleros incomunicados y paupérrimos andan robando gallinas (es un decir) y pareciera peor el remedio que la enfermedad pues en su desespero, y para usar un término navideño, actúan como volador sin palo a diestra y siniestra.
No hay día o noche en que en todos los municipios nortecaucanos no se presente una acción de los ya denominados bandoleros que insisten en cobrar la muerte de su cabecilla y la emprenden contra la población civil o acechan a las fuerzas del orden para emboscarlas.
Carros bombas, muertos bombas, minas antipersonas, asonadas, cilindros, balas perdidas, granadas urbanas, en fin, todo lo inimaginable es lo que padecen estas poblaciones que viven atemorizadas y que se desplazan a las zonas urbanas para no caer en el fuego cruzado.
Ni la Policía ni el Ejercito dan abasto y tapan un hueco para abrir otro. Sus súplicas ante el alto Gobierno no tienen la importancia de hace unos días, cuando la consigna era acabar con el pez gordo. Hoy hay miles de kilómetros desprotegidos. El cacareado Batallón de Alta Montaña —que casi se inaugura— resultó una mentira.
El Cauca es, pues, un vergonzoso polvorín en el que no parece haber solución. Son pocos los guerrilleros que se han desmovilizado, y como allá los derechos humanos protegen a los auxiliadores de la guerrilla, poco o nada puede la justicia. Así están las cosas y díganme que no.