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Como el «putiplantón» se promovió una marcha realizada el pasado sábado en la lujuriosa calle del pecado de la ciudad de Cali.
La idea era que no solo las autollamadas putas desfilaran exigiendo respeto a su actividad y modus vivendi sino que las mujeres que han sido víctimas de injurias, maltratos, acosos e irrespetos pudieran hacerse sentir.
Sin embargo, las putas como tal no marcharon: adujeron problemas de seguridad y de un “boleteo” que les daría mucho “visaje”. Igual sucedió con los trans que son perseguidos, torturados y hasta asesinados por la “sociedad machista” a decir de ellos mismos. No obstante se realizó el plantón al que acudieron hombres y mujeres que apoyan a las trabajadoras del oficio más viejo del mundo amén de feministas y libres pensadoras que luchan por la autonomía sexual y la protección sin discriminación del sexo.
Quienes esperaban ver decenas de mujeres de la vida alegre se quedaron con los crespos hechos al igual que los fotógrafos y camarógrafos sensacionalistas.
La marcha de las putas nació como una respuesta a lo expresado por un policía cuando en una conferencia sobre seguridad civil en la universidad de York en Canadá, muy oriundo manifestó que “las mujeres deberían evitar vestirse como putas para no ser víctimas de violencia sexual”.
Semejante comentario enervó a las canadienses que en abril del año pasado desfilaron en Toronto luciendo provocativas prendas, como queriendo decir “ver y no tocar se llama respetar” y descalificando aquel comentario de que una mujer cuando es agredida sexualmente es porque se lo buscó.
El “putiplantón” caleño dejó en el colectivo una semilla que es preciso abonar y regar para que germine el convencimiento de que el hábito no hace al monje.
Las organizadoras de este singular evento o rebelión de las putas han expresado que seguirán en su empeño y esperan que para la próxima convocatoria haya más participación del público y de las y los trabajadores sexuales para que puedan defender sus derechos y se les respete como seres humanos que son.