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COMO TODAS LAS MALAS VIENEN juntas, la próxima desgracia que le espera a mala, diré, Buenaventura es que un barco encalle en el canal de acceso a su bahía.
Y no es tremendismo: en los 38 kilómetros de longitud que tiene dicho canal, su profundidad exterior promedio es de 8,70 metros que se aumenta con la marea alta y llega a 12,2 metros. Ello permite la circulación de buques porta contenedores Pos Panamax de 11,5 metros de calado.
Hay pues escasos centímetros de diferencia que no “duran” más de 6 horas, lo cual representa de por sí un riesgo demasiado alto. Una falla humana, una varada, un trancón y se produce un encallamiento de incalculables repercusiones.
Por una parte, la parálisis portuaria con la consiguiente mala prensa. Por otra las estrellas negras para Buenaventura. Y hay más: la subida inmediata de las primas de los seguros. La negativa de otros barcos de incluso inferior calado y la conversión de Buenaventura en un puertecito de canoas, con un costo de fletes exorbitante en razón al uso obligado de barcos pequeños.
¿Y quién pagará el pato? Como siempre Juan Pueblo, al que le trasladarán los sobrecostos, y total: Buenaventura ineficiente con un INRI mundial que aprovecharán los puertos del Atlántico para sacar pecho y decir que son los únicos.
Frente a esta perspectiva real, factible y posible el Ministerio del Transporte no ha tomado el toro por los cuernos y se ha limitado a producir titulares aplaca-bobos, expresando que se debe constituir una empresa entre los operadores portuarios para que acometan las obras de profundización del dragado, lo cual es de una ingenuidad supina porque el Estado no puede, léase bien, no puede, ni promover ni auspiciar tal disparate.
Se hace pues urgente e inaplazable abrir una licitación como Dios manda y realizar esta obra. ¿A qué tanta demora y por qué se le buscan cinco patas al gato sabiendo que tiene cuatro?