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Toma fuerza el viejo anhelo de conectar el Pacífico con los Llanos Orientales, sueño que se viene acariciando desde épocas bolivarianas y que sería, o mejor, que será, el impulso definitivo para que esta reserva agroindustrial nos convierta en una verdadera despensa de América.
Como bien se sabe, la altillanura no ha logrado su desarrollo porque está ubicada en una sinsalida: subir a Bogotá para luego volver a bajar y encaminarse al Atlántico por carretera o por un tren que no existe o una navegación por el Magdalena que tampoco es una verdadera utopía.
En cambio, conectar el Pacífico con el Meta y otros departamentos es posible si se logra atravesar la cordillera central desde Palmira (Valle del Cauca) hasta Colombia (Huila), mediante un túnel de 48 kilómetros y una vía con las mejores especificaciones, obra que por tardarse en realizar varios años, no significa que sea imposible de acometer.
Y hay buenas noticias: Este megaproyecto ya está en lo que llaman fase 2 (o sea que ya superó la fase 3, la de la viabilidad y factibilidad) que es la de los estudios para definir por dónde debe ir esta macroobra, labor que tardará unos dos años más, al cabo de los cuales se pasaría a la fase uno, la de la contratación.
Seguramente muchos de los lectores —incluyéndome a mí— no viviremos para ver cristalizada semejante apuesta que servirá además a los departamentos del Huila, el Tolima y Cundinamarca y que tendrá un costo de billones de pesos, pero así lo exigen las circunstancias y la sed inatajable del progreso.
Por tanto es indispensable darle a Buenaventura el justiprecio que se merece y que se está comenzando a valorar en su verdadera dimensión.
Por ello es tan importante la ampliación de su aeropuerto, definir qué va a pasar con el tren, terminar la doble calzada y, ante todo, dignificar la vida de sus habitantes que no pueden subsistir en la miseria mientras la operación portuaria genera miles de millones anuales, y los que faltan.