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La foto del exministro Andrés Felipe Arias en la primera página de este periódico del pasado martes, más que conmovedora es un testimonio gráfico de la tragedia que padecen él y su familia.
Mientras que la justicia dice que Arias es un peligro para la comunidad y que su libertad serviría para que manipulara las pruebas en su contra, él asegura que está siendo víctima de una persecución política.
Entre tanto, a uno de los Nule se le concede permiso para asistir a la primera comunión de su hijo y dicen que se está tramitando la libertad para Simón Trinidad como una de las condiciones de la guerrilla.
Si bien la justicia sus razones tendrá, lo cierto es que los testigos en contra de Arias han resultado un fiasco y al parecer no hay pruebas para condenarlo y menos para que siga detenido en esas condiciones.
Así las cosas, el tufillo de la retaliación tiene su olor a tocino, porque todo lo que tenga que ver con Uribe en este país resulta satanizado y objeto ya no de la lupa escrutadora, sino de una persecución con prisa.
Si el exministro Arias cometió los ilícitos de que se le sindican, pues que se lo demuestren de manera contundente y no con dilaciones y otros mecanismos que saben a leguleyadas para prolongar un cautiverio que a la postre le va a salir costando caro al Estado.
Y mientras nos sumergimos en las justicias transicionales y perdones y olvidos para guerrilleros acusados de crímenes de lesa humanidad, Arias permanece a la espera de que se le haga justicia con la misma celeridad con que se le retuvo y con la diligencia que era de esperarse en el publicitado caso de Agro Ingreso Seguro.
No es provechoso para el sistema judicial colombiano que se prosiga con este comportamiento en el que lo que pareciera importar es ponerle palos en la rueda a un proceso porque la persona involucrada pertenece a lo que se llama la oposición y no fallar en derecho para que se tomen las acciones subsiguientes no es más que enredar la pita.