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LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO EN EL Parque Natural de Los Farallones en el occidente de Cali es francamente inaudito.
Allí, la minería ilegal se ha asentado con tal fuerza y desfachatez que las hectáreas afectadas aumentaron de un año a otro en un 152% sin que se vislumbre una solución radical a este delito que menoscaba las entrañas de una vasta región.
Estas cifras más que contundentes reflejan una actitud pasiva por parte de los organismos de control, a los que se siguen pasando por la galleta: el bosque alto andino, por ejemplo, rico en especies exóticas y todo tipo de aves, está seriamente deteriorado al pasar de 387 a 506 hectáreas afectadas; tanto que hasta a una quebrada, la del Socorro, le cambiaron el cauce siendo que se trata de una microcuenca que es afluente del mismísimo Río Cali.
La mencionada desviación está sirviendo para la utilización de químicos que se usan para extraer oro, los cuales están contaminando las vertientes hídricas cercanas al corregimiento de El Queremal en el municipio de Dagua.
Aunque una solución final no se avisora a corto plazo habida cuenta la insuficiencia policial y las leyes para judicializar a estos delincuentes provenientes del narcotráfico y con oscuros antecedentes penales, se plantea la instalación de unos retenes en las faldas de Los Farallones para controlar el ingreso de insumos propios de esta actividad.
Se trata sin embargo de paños de agua tibia, por cuanto no existen unas políticas claras y precisas del gobierno nacional capaces de cortar de tajo esta nueva modalidad a la que le están apostando los otrora cultivadores y procesadores de coca, que han advertido en la minería ilegal una nueva fuente de ingresos, que dicen es más rentable que los cultivos de marihuana, coca y amapola y que no tiene aún el control que con urgencia se hace preciso definir antes que sea demasiado tarde. ¿O será que ya lo es?
En un país en el que, como decía el poeta, “todo nos llega tarde, hasta la muerte”, cuando ya las entrañas de nuestra tierra estén devastadas, seguramente expediremos las leyes que pide a gritos nuestra pacha-mama.