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Con ocasión de la sentida muerte de Fernando González Pacheco, los medios han registrado su paso por el periodismo nacional, especialmente por la televisión, y hemos tenido la oportunidad de revivir lo que fue nuestra pantalla chica a partir de la segunda mitad del siglo pasado.
Qué diferencia con lo que nos toca ver ahora: era esa una televisión más humana y, si se quiere, más incluyente, inocente y hasta cándida, dirían algunos, pero más vertida hacia los valores, a las gentes del común y a un diario vivir que resultaba más grato y menos estresante.
Podría decirse que Pacheco encarnó al colombiano de a pie y a una sociedad aún no permeada por el narcotráfico, la guerrilla, la corrupción y todo cuanto ha patarribiado a este país.
A pesar de haber sufrido en carne propia las afugias de un secuestro por parte del M-19, esa Colombia de Pacheco, no dijéramos que pastoril y menos que apendejada, padeció una evolución que se ha salido de madre y terminó reflejada en lo que es hoy nuestra televisión: una guerra por el dios rating con noticias truculentas para cautivar audiencia, un todo vale y un don dinero rondando eventos y espectáculos millonarios por culpa de la globalización que acaba con las fronteras y las idiosincrasias.
Los canales privados —e incluso los públicos—, que tienen sus ventajas y que son empresas admirables, producen también un libertinaje cuando no se manejan con responsabilidad y sentido social y se convierten en esclavos de la competencia y en simples generadores de recursos.
Lejanas las épocas de Punch y RTI, para no ir más lejos, y de una Inravisión, antes de que la politiquería la absorbiera y se la robara impunemente, cuando hacer televisión era una hazaña y un apostolado del cual hizo parte el inolvidable Pacheco, que menos mal no estuvo en sus cabales para presenciar en lo que se convirtió la televisión colombiana: una permanente sobreexposición de la vanidad, un culto pagano a lo superfluo, un descarado homenaje a los antivalores y un arrodillamiento desmedido ante las chequeras, las conveniencias, las canonjías y las prebendas.