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MÁS QUE LOS DEBATES —QUE DE eso no tiene nada—, las entrevistas y los cubrimientos, las encuestas se convirtieron en la bola de cristal para anticipar la suerte de los candidatos presidenciales.
Acabada la política de las concentraciones y las plazas públicas, los discursos veintijulieros, el voleo del trapo rojo y las consignas partidistas, nos fuimos sofisticando hasta llegar a los extremos de la visibilidad en los medios y las predicciones en las encuestas.
Hoy, Napoleón Franco y Jorge Londoño —Ipsos e Invamer Gallup— son los grandes electores: en sus manos está vaticinar las preferencias por los candidatos, lo cual determina sus posibilidades de ganar o de perder.
Estas profetizaciones tienen que llevar a que el Estado tome cartas en el asunto y reglamente y controle aun más la encuestitis nacional porque ya estamos a punto de creernos el sofisma de la no necesidad de las lecciones ante el acierto de las encuestas que ya se están volviendo infalibles.
Tanto Napoleón como Londoño representan empresas serías y probas. Incontaminadas e insobornables. Pero hay quienes no piensan así y cuestionan la metodología que hace —según estos detractores— que los resultados favorezcan al uno o al otro, o a la otra. Incluso se habla de manipulación de éstas de acuerdo con el interés de sus contratantes, lo cual no comparto.
“La verdadera encuesta es la del día de las elecciones”, repiten siempre quienes van perdiendo y no faltan quienes con un pobre 5% juran y rejuran que van firmes para la segunda vuelta; ilusos que son, pero no les queda de otra que decir mentiras y hasta creérselas porque de lo contrario la única opción sería retirarse de la contienda.
Cabría entonces la pregunta: ¿qué tan beneficiosas para el sistema electoral y para la misma democracia son las tantas veces mencionadas encuestas? Este es un debate que apenas va a empezar y que de seguro puede revolcar esta nueva forma de hacer política en Colombia.