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ÚNICO EN COLOMBIA, EL MUSEO Nacional de Transporte, ubicado en Palmira y cerca al aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón, cerrará sus puertas a partir de febrero del año entrante.
Y no es cuento ni ganas de presionar: sus directivas así lo determinaron luego de perderle millones sobre millones y advertir que sin el apoyo oficial y de la empresa privada es imposible su subsistencia.
En esa construcción de más de mil metros cuadrados reposan verdaderas reliquias automovilísticas, así como aviones, helicópteros, lanchas y curiosidades que van desde una numerosa colección de vehículos en miniatura hasta el tren eléctrico más grande y completo de Latinoamérica.
Este lugar, que en otros países sería motivo de orgullo y de obligada visita, es hoy una cenicienta “pidelimosnas” que ya no puede más. Con lo que cancela el público por ingresar no se paga ni la mitad de la nómina y el barril sin fondo subsidiado por el bolsillo de los gomosos de esta fundación, ya llegó a su fin.
Las telarañas, el óxido y el abandono acompañarán un loable empeño, mudo testigo del paso de los años y del esplendor de otras épocas.
¿Qué sucederá con las reliquias allí estacionadas? ¿Saldrán a remate? ¿Se pudrirán? ¿Las agarrará algún avivato? ¿Terminarán refundiéndolas como los incunables de otro museo vallecaucano, el del legendario Chato Buenaventura?
Ignoro si faltó gestión o creatividad para proveerle fondos, o más y mejores relaciones públicas, o haberle adicionado algún caramelo como un restaurante como se pensó hace años.
Lo cierto es que se le pondrán cadenas y candado a una iniciativa que dio lustre a una región y que fue ícono en materia de memoria viva del transporte en nuestro país.
Y pensar que en Cali se sigue anunciando el pomposo Museo de la Salsa que costará la bicoca de 25 mil millones de pesos y que el Estado ayuda a otros museos a lo largo y ancho del territorio nacional. ¿Hay derecho?