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La ciudad blanca, como ya es tradición, y así llueva truene o relampaguee, no se arruga a celebrar el evento más importante de la cristiandad católica de todo el continente americano: su Semana Mayor, considerada por la Unesco patrimonio de la humanidad.
Sobreponiéndose a los peores vaticinios de orden público y a los enfrentamientos étnicos que parecen no cesar, el entusiasmo de sus habitantes y de los miles de turistas que religiosamente se dan cita para asistir a las siete procesiones mayores no ha decaído un solo instante. Por el contrario, “crece la audiencia” y pareciera que se olvidaran las discrepancias y los problemas cotidianos para, unidos todos, hacer que se embellezcan sus casas y sus calles y que los payaneses luzcan sus mejores galas y afinen su proverbial sentido del humor y su generosa hospitalidad.
71 pasos que llevan en hombros ocho veteranos y corajudos cargueros en cada uno —en nota anterior escribí que eran seis y por poco me excomulgan— conforman esas procesiones en las que la solemnidad, el respeto y el silencio, solo alterado por los tambores y los clarines de las bandas militares, hacen de este ejemplo de devoción una experiencia única e inolvidable.
Visitar pues la ciudad blanca por estos días es más que un acto de fe. Es admirar una tradición que ya va para los 500 años y adentrarse en un mundo mágico que contrasta, y de qué manera, con esos días paganos bautizados como la feria de la cruz y convertidos en una fiesta impía para nada buena espiritualmente hablando.
La invitación pues es a programar un destino y una actividad distintos. Quedan pocas habitaciones disponibles, hay vuelos comerciales desde Bogotá y otras ciudades y la carretera está perfecta y perfectamente vigilada.
Además, existe la posibilidad de asistir al Festival de Música Religiosa, único en su género, y de deleitarse, entre otras cosas, con la exquisita culinaria caucana, también reconocida por la Unesco universalmente como para excederse en el paladeo. Al fin y al cabo, “el que peca y reza, empata”…