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Me da la impresión de que los encuestadores están pasando de agache. La pifiada que se pegaron —y no quiero dar nombres— debe llevar a que el Gobierno nacional tome cartas en el asunto y controle de alguna manera la influencia ficticia que pueden tener en la opinión pública.
Y no por ser sospechosos sus resultados. Es porque su incidencia puede llevar a un escenario que tergiverse la realidad. Así ha venido sucediendo en otras oportunidades en las que se dan explicaciones justificativas que muchas veces tienen cierta credibilidad.
Lo que sucede es que el plebiscito fue la tapa de la olla : Ni una sola acertó y ninguna se acercó, así fuera tímidamente, al resultado final. ¿Acaso no se tuvo en cuenta a los paisas y a los santandereanos? ¿Y qué sucedió con los costeños? Creo que esos desaciertos merecen alguna explicación.
Y si eso es en la arena política, ¿qué me dicen de las otras encuestas a nivel de productos de consumo masivo y sus preferencias? ¿Y de los gustos de los colombianos por cualquier cosa? ¿Qué nivel de confiabilidad pueden generar si se equivocaron de manera tan impresionante en un tema tan importante para el futuro de nuestro país?
Y voy más allá: ¿Qué grado de responsabilidad tienen las encuestadoras en el resultado del Sí y el No? Repito, no creo que hubo mermeladas, ni manipulaciónes o mala fe, pero sí una ligereza supina o, peor, un acomodamiento a lo que iba a ser una victoria cantada de manera anticipada a los cuatro vientos y a la que todos los estamentos legislativos, políticos, sociales, económicos, y más aún, los medios de comunicación le apostaron masivamente.
En el entretanto, las encuestadoras a las que les habían creído los colombianos ciegamente, se dejaron contaminar de la euforia nacional y precipitadamente dieron a conocer unos resultados, más acomodados a sus propios intereses que a lo que de verdad habrían revelado unas encuestas si se hubiesen elaborado como Dios manda.