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¿Qué pensarán de Carlos Gaviria los corruptos?

Mario Méndez
29 de mayo de 2015 – 07:44 p. m.

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PARA QUIEN PROBLEMATIZA LA vida social, única forma de llevar la verdad a flote, esta pregunta es algo inevitable.

Pero, además, en un país donde hacen carrera la corrupción y el mal ejemplo de quienes están en la mira de la opinión pública y les importa un pito, dan ganas de meterse en la conciencia de los delincuentes de nivel para descubrir qué piensan de un hombre como  Gaviria. En especial, qué pensamientos rumian a todos aquellos que pasan de la academia a las cortes, a ver cómo se las arreglan para cuadrar sueldo. Y no ganan mal los cínicos que miran por encima del hombro, como si realmente fueran seres superiores, listos a exaltar sus ancestros y su rectitud, negando siempre cualquier responsabilidad acerca de los ilícitos que alguien les restriega en la nariz. Nos genera estas curiosidades la existencia de un hombre de tantas cualidades como las del maestro de la integridad hoy ausente. ¿Cómo no querer imitar al magistrado pulcro, y en cambio enredarse en los caminos de lo chueco, como si ese otro juez que es la conciencia no estuviera siempre indicando lo mal hecho? Quienes manchan las sillas de los altos estrados, para limitarnos al mundo de la justicia, no tienen dificultad alguna para quebrantar los preceptos de esa dama de ojos vendados conocida como Temis. Quizás un individuo torcido, así, no pasa noches de desvelo.  La existencia de Carlos Gaviria  pasa en forma sobrada el escrutinio social y se erige como un modelo si se deseara establecer postulados de vida, pensando en una sociedad diferente de la que nos ha tocado vivir y mejor para quienes ya vienen detrás de nosotros en la construcción de una sociedad no causante de las aflicciones que nos invaden. ¡Qué existencia tan vacua la de tantos que pudieron, como  Gaviria, ser ejemplo por seguir pero prefirieron enlodarse con una tajada empobrecedora, si sus actuaciones se miran con un sentido mínimamente moral! La presencia de Gaviria en la escena social  marca un derrotero de primer orden para quienes consideren que vale la pena ser bueno. Como pedagogía viva, aquél constituye una cifra difícil de alcanzar; ¡pero qué bien harían tantos despistados si se sintieran movidos a mirar con cuidado la vida del maestro y sacar de ese ejercicio el mayor provecho, en beneficio de sí mismos y de la sociedad! Cerremos esta nota volviendo a las cavilaciones posibles que aniden en aquellos que delinquen sólo por una inclinación morbosa. ¿En algún momento estos malabaristas de la ética sentirán, mirando hipotéticamente a Carlos Gaviria, un asomo siquiera de índice acusador que muestre sus actuaciones y los lleve a sentir vergüenza? En una sociedad enferma, como otras veces hemos calificado a la nuestra, acaso estas cavilaciones no pasen de ser una demostración de simpleza y hagamos el oso como ingenuos redomados. No importa. Alguien debe correr ese riesgo, y vale la pena si de ello se desprende que una persona, al menos, quisiera recoger lo positivo de pensar así. Al fin de cuentas, las utopías se nutren de soñar, y como resultado ojalá apareciera una topía que entre sus elementos dinamizadores lleve el germen de un entorno social más respirable y más decente, como decente se afirma con reiteración que era ese antioqueño nacido en Sopetrán llamado Carlos Gaviria Díaz.

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