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A juzgar por los comportamientos conocidos, está cada vez más lejos la posibilidad de que los colombianos vayamos a ser mejores personas cuando pase la parte más grave de la crisis por el COVID-19.
El discursito motivacional se agota no solo en la indisciplina social frente al aislamiento, manifiesta crudamente en esas más de 120 rumbas y fiestas sexuales descubiertas que son solo la punta del iceberg medaunculista de nuestro talante forjado en el atajismo y el traquetismo. Ese talante se traduce no solo en la violación de la ley, sino en la reivindicación pública de hacerlo para envidia de propios y extraños, o se expresa en la indolencia de autodeclarados ciudadanos de bien que esclavizan, y lo justifican, a empleadas del servicio doméstico, vigilantes, conductores o mensajeros.
Es el ejemplo inoculado y legitimado por quienes desde o gracias al poder sobreviven a los señalamientos, investigaciones e incluso a las condenas y regresan orondos y retadores, portando esa aura de intocabilidad que tanta admiración y respeto despierta entre sus congéneres. El tiempo se encargará de naturalizar sus conductas y de legitimar sus bienes.
En ese camino se dan la mano los delincuentes que asaltaron la ciudad en el carrusel de la contratación —y que ya disfrutan de casa por cárcel, de libertad o fuga ajena a toda persecución, sin siquiera haber devuelto el dinero robado, como lo demuestra la reciente decisión sobre Iván Moreno—, o pícaros de menor valía como los Ambuila, cuyas historias retan la pertinencia de la ley en este país y la escala de valores. La lista es larga.
Que a la impunidad lleguen por los vericuetos legales demuestra solo la maleabilidad de la ley y de quienes dicen interpretarla. Pero que, haciendo gala de dilaciones, subterfugios, sapeadas, simulaciones clínicas y otras trapisondas, además de la libertad reclamen respeto y restitución de buen nombre ratifica la inviabilidad de la administración de justicia y la certeza de que nada, ni una peste, nos va a hacer cambiar.