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Ya pueden ir patentando el presidente Duque y Sergio Fajardo la tibieza como la temperatura ideal en política para ganar adeptos y hacerse visibles sin hacer muchos otros méritos. Si las cosas siguen como van, pronto tendrán en Carlos Fernando Galán a otro miembro del club.
Eso de participar sin querer queriendo, de opinar sin comprometerse y de irse por las ramas repicando utopías parece tener sus réditos. Al segundo y al tercero, no obstante, parece faltarles esa dosis de histrionismo que tanto enamora a ciertas audiencias.
La fórmula parece sencilla: simular que se entra (y no hacerlo) a un ambiente de indignación, rabia y confusión, producido por propias huestes o aprovechando trabajo de terceros, y autoproclamarse como conciliador y contemporizador. Eso sí, sin comprometerse con temas cruciales, renegando de sus orígenes ideológicos o montándose en el globo del dinamismo de la política para ir y volver, según amaño y conveniencia, con ideas cambiantes o contradictorias, al vaivén de las encuestas.
Calan en un ecosistema que comienza a mostrar cansancio de la sectarización y la virulencia como modus operandi. En ese polo se instalaron, cuando era eficiente, uribismo y petrismo, que entienden (es un decir) la política al rojo vivo quemante, pero que hoy van en caída libre. Para entrar a esa zona pidió credenciales Claudia López y ha resultado con quemaduras de tercer grado.
A la distancia, como lunas que orbitan tiritando, van quedando rezagados quienes, como Mockus o De la Calle, conciben el ejercicio político con cálculo frío y racional. O quienes, como Vargas Lleras, parecen estrellas enanas blancas, esperando el momento de convertirse en abrasadoras gigantes rojas.
Siendo emocionales como son las encuestas, a menos de 20 días de las elecciones regionales, el péndulo lo inclinan quienes se sienten bomberos voluntarios y están cansados de poses y discursos incendiarios. Falta por ver si los decisivos votos callados, de votos útiles y de indecisos, también piden carné en el renovado partido de los tibios.