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A la hora del té

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HACIENDO UNA ALEGORÍA CON UNA tradición inglesa, el pasado martes  de alguna manera fue la hora del té para los norteamericanos.

Fue la hora del té porque el encargado de aguarles la fiesta a los demócratas y propinarle una paliza al presidente Obama fue el  Partido del Té, Tea Party. Dicho partido toma su peculiar nombre de la revuelta en Boston con motivo de la decisión del Parlamento inglés de colocar impuestos al té sin consultarles a las colonias.

En algunos países se utiliza indistintamente la expresión ‘a la hora del té’ o ‘a la hora de la verdad’. Desde ese mismo ángulo podríamos afirmar que en las elecciones del pasado martes ocurrieron muchas cosas a la hora del té:

—Los norteamericanos le hicieron saber a Obama la enorme distancia entre las promesas del candidato y los logros tangibles del Presidente. Más que el don de la oratoria (sin duda es un ‘pico de oro’), lo que Obama tiene es una admirable capacidad de articular una visión casi utópica,  con la que logró hace dos años seducir e hipnotizar buena parte del electorado. La historia ha demostrado que cuando estos soñadores se enfrentan a la realidad (soñadores que generalmente no tienen la menor experiencia administrativa) el estrellón es monumental. El autor de esta nota no alberga la menor duda de que, proporciones guardadas, en caso de que tanto Jorge Eliécer Gaitán como Luis Carlos Galán hubieran llegado a la Presidencia de Colombia, en muy poco tiempo el electorado se hubiera dado cuenta de que no tenían posibilidad de cumplir con sus promesas. Los electores en las democracias, todo parece indicar, nunca van a aprender que cuando un político promete el oro y el moro, rara vez entrega al moro y ciertamente nunca el oro.

—En política no hay muchas reglas, pero una de ellas es que se debe cuidar con esmero el capital político con que se llega a la Presidencia y el echarle la culpa al antecesor tiene sus límites. Obama malgastó su capital político en un manejo inadecuado de la guerra y de la economía, y subestimó la inteligencia del electorado adjudicándole a Bush la culpa de todos los males. Si Obama no se reinventa, las posibilidades de ser reelegido son escasas.

—Se confirma la sentencia de la antigua Grecia en el sentido que antes de destruir a los mortales, los dioses del Olimpo los vuelven arrogantes. Los demócratas, con la muy equivocada percepción que el grueso del electorado estaba a favor de unas reformas drásticas en campos como el de la salud, impusieron una serie de leyes que no tuvieron ni la acogida ni la aceptación de la clase media en Estados Unidos. Cuando Obama asumió la Presidencia, el Estado controlaba el 35% de la economía: hoy controla el 44,7%, un porcentaje mayor que el de Alemania o Inglaterra.

—Lo que estas elecciones demuestran es que en política no todo está escrito y que la expresión que ‘no hay muerto político’ cobra vigencia. Sarah Palin, la carismática líder del Tea Party, hace dos años parecía sepultada en una avalancha de burlas y críticas. Hoy es de alguna manera la triunfadora marginal de las elecciones en que no sólo logró propinarles derrotas a los demócratas en varios estados, sino que les aguó la fiesta a los republicanos. Lo que es sorprendente es el manzanillismo de la astuta aunque ignorante Palin, ya que el 100% de sus candidatos a gobernaciones fueron electos. En la Cámara y el Senado sus éxitos fueron más modestos.

—Dada la considerable merma de influencia de los sindicatos en el Congreso norteamericano, el TLC con Colombia puede activarse nuevamente. Contra el acuerdo comercial juega que el desempleo norteamericano sigue alto y que en realidad los miembros del Tea Party, más que amigos del libre comercio, son nacionalistas a ultranza.

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