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Aproximaciones a las causas del descalabro

Mauricio Botero Caicedo
27 de septiembre de 2008 – 02:15 a. m.

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LAS CAUSAS DEL DESCALABRO FInanciero en Estados Unidos son múltiples y complejas. Pretender en un breve artículo explicar estas causas puede ser tan petulante como fútil. Sin embargo, quisiera esbozar tres factores que, si no necesariamente explican la crisis en su complejidad, por lo menos son una aproximación.

El primer factor es que los banqueros comerciales, principalmente aquellos que emitían créditos hipotecarios, hicieron caso omiso de la prudencia y sensatez: no sólo no evaluaban la capacidad de pago del deudor, sino que adicional al costo de la vivienda prestaban otros montos para decorar y adquirir carros nuevos. La codicia de estos banqueros no les permitió prever que cualquier desaceleración de la economía ponía en riesgo la estabilidad del empleo del acreedor, y por ende la fuente de repago de los créditos.

La segunda razón es que a los bancos comerciales se les dio la oportunidad de seguir otorgando hipotecas con una generosidad que bordeaba la irresponsabilidad. Los bancos de inversión, como Bear & Stearns y Lehman Brothers, con la negligencia tácita o implícita de las agencias calificadoras de riesgo, armaron ingeniosos paquetes de deuda hipotecaria que a su vez les vendían a los inversionistas en el mundo entero. El inmenso peligro de este tipo mecanismos financieros es que se crea un divorcio entre los que supuestamente han evaluado el riesgo crediticio y los que eventualmente terminan comprando la hipoteca.

Al poder vender buena parte de su cartera hipotecaria —sin talanquera alguna y ante la mirada estúpida de las autoridades regulatorias—, los bancos comerciales siguieron endeudándose para continuar haciendo préstamos hipotecarios de alto riesgo. Como era de esperar, envenenaron sus balances con “activos tóxicos”. El torpe y posiblemente corrupto manejo político de los dos principales avalistas de la cartera hipotecaría en Estados Unidos, Fannnie Mae y Freddie Mac, jugó un papel importante en la debacle.

El tercer factor que se debe tener en cuenta es el exceso de creatividad de los bancos de inversión, exceso de creatividad que los llevó a diseñar y comercializar instrumentos cada día más complejos y sofisticados, entre ellos cierto tipo de derivativos que, en vez de mitigar los riesgos, lo que en efecto estaban haciendo era profundizar la crisis. Muchos de estos nuevos instrumentos no los entendían ni los mismos banqueros, mucho menos los compradores, por no hablar de los reguladores.

De alguna manera se podría afirmar que los mercados financieros, estimulados por los bancos de inversión, dejaron de ser los lubricantes que le permitían a la economía real crecer y se convirtieron en unos casinos sofisticados, garitos con paredes forradas en mármol, en donde se apostaba y especulaba con el precio de todo: las monedas; el petróleo; la comida; hasta el mismo derrumbe de la cartera hipotecaria, especulaciones y apuestas que para millones representó la ruina.

No es, como algunos sesgados comentaristas pregonan, el fin del capitalismo. Lo que sí va a ocurrir es un cambio radical en el modelo, en donde no va a prevalecer la especulación y en donde se va a imponer es el modelo de los grandes bancos, como el Santander. Los bancos de inversión se convertirán en bancos comerciales y los que especulen, lo van a tener que hacer con su propio bolsillo.

El meollo de la culpa de la crisis fue la ambición atada a la codicia y la estupidez, tres características muy difíciles de erradicar por medio de leyes o de regulaciones. Los excesos de regulación ahogan la innovación y los mercados, pero la regulación laxa y desinformada permite que los codiciosos conviertan a Wall Street en Las Vegas.

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Nota: Por razones de viaje del autor, esta columna dejará de aparecer durante los próximos tres domingos.

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