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¡Arde el Oriente Medio!

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La frase lapidaria con que el Príncipe de Lampedusa en el Gatopardo definió el cinismo con el que los partidarios del ‘Antiguo Régimen’ se amoldaron al triunfo inevitable de la revolución, usándola para su propio beneficio, fue: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

En Egipto lo que hoy en día ocurre tiene otras implicaciones que las que Lampedusa predijo: todo cambió, pero para peor. Hace un año los egipcios se embarcaron en una revolución que si bien derrocó la dictadura de Hosni Mubarak, no trajo consigo los objetivos que los revolucionarios demócratas anhelaban. Por el contrario, la revolución fue cooptada por la “Hermandad Musulmán”, un grupo de fundamentalistas islámicos cuyo nivel de intolerancia es sólo superado por el rechazo a todo lo que remotamente suene a democracia. La alianza perversa del Ejército con los fundamentalistas ha mantenido intactos los defectos de la dictadura de Mubarak, consolidando la corrupción en el sector público, corrupción que hoy día se camufla bajo un manto de santidad.

Para el común de los egipcios, los objetivos de la revolución eran ‘pan, dignidad y justicia social’. El contubernio de los militares con los fundamentalistas no les ha brindado ni pan, ni dignidad ni mucho menos justicia social. Hoy, quién lo creyera, en Egipto gobierna la macabra llave del dogmatismo del Corán de mano con la discreta persuasión de la bayoneta.
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El genocidio contra la población inerme perpetrado por el sanguinario gobierno de Bashar Al Assad en Siria tiene pocos precedentes en la historia. Tiene uno que remontarse a aquellos íconos en el Panteón de los líderes comunistas (Stalin, Mao Tsé Tung y Pol Pot) para encontrar paralelos en la masacre indiscriminada de sus propios conciudadanos. Los incesantes bombardeos a la ciudad de Homs han causado más de seis mil muertes civiles, lo que ha llevado a tres expertos de las Naciones Unidas, encabezados por el brasileño Paulo Pinhero, a afirmar que el gobierno de Bashar Al Assad es manifiestamente culpable de “crímenes contra la humanidad”.
El problema es que Siria es un país estratégico. Su importancia en el mundo árabe puede hacer que la “primavera de la esperanza árabe” pase a ser el “invierno de la pesadilla regional”. Quienes mantienen relaciones diplomáticas y comerciales con el gobierno de Al Assad, como Rusia, están cohonestando crímenes contra la humanidad.
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Mahmoud Ahmadinejad, primer ministro de Irán, conmilitón de Chávez y Ortega, además de ser truhán, tiene una enorme capacidad de manipulación: el haber presentado una fugaz visita a Venezuela, Nicaragua, Cuba y Ecuador como una gira triunfal por América Latina es tan audaz como ridículo. Con excepción de Venezuela (que con Chávez al timonel cada día se empobrece más) los otros tres países son tan pobres como caricaturescos, sin la menor relevancia a nivel continental. Lo de Ahmadinejad es el equivalente a que Chávez, Correa u Ortega, después de una visita relámpago por Andorra, San Marino, Albania y Bulgaria, declararan ante el mundo que acababan de regresar por una gira triunfal por Europa.

Pero aparte de los bufos periplos de este saltimbanqui, Ahmadinejad, en su odio y delirio contra Israel y el pueblo judío, es capaz de provocar un conflicto —de proporciones inimaginables— del ámbito mundial. Nada más peligroso que los locos mesiánicos (no hay que olvidar que el demente de Fidel Castro —hoy convertido en un anciano senil y pontificador— en su día le rogó a Kruschev utilizar armas atómicas contra EE.UU.). El teatro de una tercera guerra mundial, desatada por este psicópata, puede perfectamente ser el Golfo de Hormuz.

mboterocaicedo@yahoo.com

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