Castiguemos a los “trampolinistas”

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En vez de desempeñar sus cargos con eficiencia y honestidad, los “trampolinistas” son funcionarios que se dedican a armar una catapulta que los pueda elevar a puestos de mayor relevancia, prestigio o remuneración. El “trampolinista”, que solo piensa en votos, candidaturas y tarjetones, para tener éxito se rodea (por cuenta de los contribuyentes) de un ejército de asesores de imagen, consultores que trabajan para mantenerlos vigentes en los medios, incluyendo las revistas del corazón. Lamentablemente muchos medios, pusilánimes y en ocasiones vendidos, se prestan a este jueguito.

Los “trampolinistas” son tan dañinos como peligrosos por las siguientes razones. Una de ellas es que, como lo señalaba el analista Mauricio García Villegas, suelen ser poderosos: “Ocurre que a veces el Estado colombiano es demasiado fuerte, viola los derechos humanos, agobia a la población con normas inútiles… el Estado desconfía de la gente y la criminaliza, así que la gente no apoya el desarrollo institucional y desconfía de lo público”. Otra razón que vuelve a los “trampolinistas” peligrosos es que las entidades burocráticas, especialmente las de control, cada vez tienen más funcionarios y cada día tienen menos claro qué es lo que deben hacer. Por ello se han ido apoderando de funciones que, propiamente dicho, no están dentro de sus órbitas. Las entidades de control, ya sean las famosas “ías” (Contraloría, Fiscalía, Procuraduría, Personería, Defensoría) y las múltiples superintendencias, muchas redundantes y todas absurdamente costosas, suelen sancionar mal y poco, pero siempre están prestas, como observa el historiador Jorge Orlando Melo, a hacer “grandes revelaciones, anunciando todos los meses las medidas que frenarán al fin la corrupción”. En el intrascendente caso de la empanada, no me cabe la menor duda de que en breve alguna de las entidades de control va a querer asumir protagonismo. Finalmente está la disposición de unos medios que, ya sea por recibir “mermelada” o por creer que pueden aumentar la audiencia, se prestan a ser voceros de todas y cada una de las sandeces que pronuncian los altos funcionarios en plan “trampolinista”. No hace tanto tiempo un diario capitalino sacaba a un alto empleado público en primera página, ya que el burócrata le colocaba a ese diario avisos de página entera con el nombre del funcionario resaltado a mitad del anuncio. En otras palabras, con el dinero de los contribuyentes el funcionario se promocionaba con la finalidad de lograr saltar a otro puesto de mayor jerarquía. Si este contubernio de medios y funcionarios, como lo habíamos mencionado en anterior artículo, no es falta de delicadeza aunada al derroche de los recursos de los contribuyentes, no tengo idea de qué es delicadeza ni qué es derroche.

Solucionar el tema de los “trampolinistas” no es ni va a ser nada fácil. Si los medios no les hicieran el juego, ayudaría. Cortarles las alas a aquellos que aspiran a cogobernar, limitando de manera drástica (por medio de decretos y leyes) la órbita y radio de acción de las instituciones, especialmente los entes de control que encabezan, puede ser parte de la solución. Otra medida, posiblemente más eficaz a corto plazo para disuadir a los ambiciosos, es establecer un período de dos años antes de que un alto funcionario pueda aspirar a ser elegido a otro alto cargo. Finalmente, el castigo más efectivo para estos astutos y deshonestos trepadores es que les neguemos nuestro voto en las próximas elecciones.

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