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De cajas y de cortinas

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NO EXISTE UNA ÚNICA DEFINICIÓN de qué es una hiperinflación, fenómeno que se hace visible cuando se produce un aumento incontrolado de la oferta monetaria que suele ir acompañado de una falta de confianza por parte de la población local en la moneda.

La definición usada por la mayoría de economistas es «un ciclo inflacionario sin tendencia al equilibrio». Para muchos, es cuando se llega a una cifra de inflación de tres dígitos. Para otros, menos técnicos y más pragmáticos, es cuando la moneda no vale ni el papel en que están impresos los billetes. Hay una anécdota que describe de manera realista la tragedia de la hiperinflación. En la Alemania de la posguerra, recién iniciada la década de los años 20, se desató una hiperinflación descontrolada que, entre otras, sembró las raíces para el surgimiento posterior de los nazis y de Hitler. Cuenta la anécdota que un hombre de la calle, un reciclador, encontró en un lote una caja de cartón repleta de billetes. El hombre, muy enterado por cierto, tomó la caja y botó los billetes.

Venezuela, con una inflación que supera el 20 % mensual, ya está en un proceso hiperinflacionario. En el vecino país, algunos billetes valen menos que las servilletas, como pudimos muchos observar en el video en que una vendedora ambulante le entrega una suculenta arepa al comprador envuelta en un billete de dos bolívares. Conscientes de la escasez de papel higiénico, tampoco albergamos la menor duda de que en Venezuela pronto los billetes van a cumplir esta misión de limpieza.

Y siguiendo con el tema de Venezuela, el cafre de Nicolás Maduro no descansa de utilizar a los colombianos y a Colombia como cortina de humo para tapar la gigantesca crisis económica, política y social por la que está atravesando el vecino país. Maduro y sus esbirros en las Fuerzas Armadas, de manera tan bellaca como cobarde, regresan a las siniestras épocas en que los nazis marcaban las casas de los judíos. Los uniformados del Ejército, rufianes que se escudan detrás de las bayonetas, amenazan a los menores y las mujeres con sumaria ejecución en caso de no huir de manera inmediata de sus hogares. Cifras del Gobierno establecen que han sido deportados 1.071 colombianos de Venezuela, esto sin contar el número de personas que han salido huyendo ante los atropellos de la Guardia venezolana y han cruzado la frontera por unas trochas, poniendo en riesgo su vida.

El Gobierno colombiano, según la prensa, rechazó los “adjetivos y las descalificaciones personales en contra del expresidente Álvaro Uribe” y reiteró “al Gobierno venezolano la importancia de buscar mecanismos conjuntos para superar la problemática que se vive en la frontera, pero sin promover el odio”. El expresidente Uribe, más firme y contundente, afirmó: “Así como Hitler infundió odio contra los judíos diciendo que eran la base del mal y una raza inferior y todo terminó con el asesinato de seis millones de judíos, la dictadura castro-chavista de Venezuela está dedicada a infundir odio contra el pueblo colombiano llamando a nuestras mujeres prostitutas y a nuestros compatriotas paramilitares”.

Bastante pusilánime es la postura de Unasur, organización que preside el expresidente Ernesto Samper. Esta entidad, que se parece mucho más a un Ministerio de Propaganda de Venezuela, repite como un loro las sandeces sobre complots paramilitares que cacarea Nicolás Maduro. Unasur no puede seguir siendo, como lo señalaba César Gaviria, un paraguas para legitimar el fraude en las próximas elecciones en Venezuela.

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