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De los hidrocarburos a los electrones

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EL AUTOMÓVIL CONVENCIONAL ES un ejemplo de deficiente ingeniería: para transportar a una persona de 75 kilos desde un punto A a un punto B se necesita un dinosaurio de metal que pesa entra 20 y 30 veces más que el conductor.

El petróleo es un combustible ineficiente: sólo entre el 20 y 30% de los BTU que tiene el hidrocarburo en el pozo terminan impulsando el carro y un 70% de esos BTU se pierden antes que el caucho toque el pavimento. El vehículo eléctrico, por contra, va a contar en una etapa más avanzada con un motor en cada rueda: se eliminan la necesidad de caja, transmisión y ejes de potencia, con lo cual se reduce sustancialmente el peso. Con un motor en cada rueda será posible comprimir el vehículo como un acordeón, característica que va a revolucionar el manejo del espacio urbano y de diseño arquitectónico.

La velocidad con que se impongan los vehículos híbridos y eléctricos va a depender no sólo de aspectos económicos y tecnológicos, sino del papel que jueguen los gobiernos para romper la disyuntiva del huevo o la gallina. Hoy, la inversión en tecnología para los vehículos eléctricos es restringida debido al temor de los fabricantes de no encontrar mercados para sus productos; a su vez hay reticencia por parte del consumidor a comprar vehículos eléctricos si no existe la certeza de poder cargar los carros con la misma facilidad que lo hace hoy con gasolina o diésel. Como la reacción inmediata de los países productores del petróleo (una vez se percaten del tamaño del bicho que se les viene pierna arriba) va a ser bajar el precio del petróleo, es indispensable establecer impuestos variables que mantengan la gasolina y el diésel a un nivel de 100 dólares equivalente del precio del crudo para que se materialice la inversión en las nuevas tecnologías en electricidad. Adicionalmente es necesario incentivar, por medio de rebajas en aranceles e IVA, las ventas de nuevos vehículos híbridos y eléctricos. Con este tipo de medidas los gobiernos pueden acelerar el fin de la era de los combustibles fósiles.

La transición en el sector transporte de los hidrocarbonos a los electrones tiene y va a seguir teniendo enemigos formidables y dentro de estos enemigos no están los fabricantes de carros y camiones, que ven con mucho agrado la renovación de la totalidad del parque automotor mundial, ni los gobiernos, que aplauden el impacto favorable en el medio ambiente, aunque les preocupe la pérdida de ingresos por los impuestos a la gasolina. Los grandes enemigos del transporte eléctrico, aparte de los países productores de petróleo, son las grandes empresas petroleras (cuyo poder político y económico no puede ser subestimado) y las empresas satelitales que giran alrededor de ellas, cuya capacidad de cabildeo para impedir o por lo menos dilatar el “destete” del petróleo es casi infinita. Son centenares de billones de dólares lo que tiene este gremio para convencer al mundo de que mantener la adicción a los hidrocarburos es conveniente y que el daño ambiental que causan es insignificante. Es un déjà vu de la adicción al tabaco.

Colombia, con su enorme capacidad de generación de hidroelectricidad e inmensas reservas de carbón y gas natural, puede convertirse en la gran potencia eléctrica del continente. Adicionalmente, una vez se perfeccione la tecnología de secuestrar el CO2 del carbón térmico, el país debe utilizar este mineral para producir electricidad. El sueño de toda nación es darles valor agregado a sus materias primas. Cuando lleguemos a convertir masivamente el agua, el carbón y el gas en electricidad, no sólo para el consumo interno sino para exportar electrones, estaremos en la vanguardia energética mundial. Sobre los incentivos y la revolución regulatoria que se requiere en el sector eléctrico, hablaremos en futuros artículos.

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