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Detroit y las zonas de reserva campesina

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Detroit, que llegó en EE.UU. a ser la cuarta urbe en importancia, empezó a perder brillo en la década de los ochenta, cuando no pudo asimilar los cambios radicales que se estaban gestando en la industria automotriz, cambios que llevaron a las tres grandes empresas del sector (General Motors, Ford y Chrysler) a trasladar gran parte de sus operaciones en busca de un entorno más competitivo, ya fuere en salarios, en materias primas o en menores restricciones para la automatización.

A primera vista, Detroit y las zonas de reserva campesina (ZRC) tienen poco o nada que ver, pero de escoger Colombia el modelo inflexible de las ZRC, su agricultura va a terminar como Detroit.

No hay muchas cosas seguras, pero una de ellas es que los individuos, las sociedades y los gobiernos que no estén en capacidad de adaptarse a un entorno por definición cambiante y aleatorio, están condenados a desaparecer. Con el desarrollo de la agricultura, del nomadismo se pasó al sedentarismo; y la revolución industrial trajo consigo enormes cambios, principalmente las migraciones del campo a los centros urbanos. Hoy en día el mundo se encuentra en un proceso de transición hacia una economía basada en servicios y tecnología, en donde prima es el capital humano, no el físico.

En Colombia discutimos el modelo de ZRC en áreas cuya extensión los patrocinadores pretenden llegue a los 10 millones de hectáreas. Habiendo en la actualidad 5,3 millones de hectáreas dedicadas a la agricultura (con un potencial de 22 millones de hectáreas), lo que se está exigiendo es que el 46% de las tierras agrícolas del país hagan parte de las ZRC, en donde exclusivamente tendría cabida la ‘agricultura campesina’.

Para este columnista, las exigencias de los simpatizantes de las ZRC no son realistas por múltiples razones: En primer lugar desconocen que por razones agronómicas, ambientales, fitosanitarias o de mercado, las zonas en donde prevalece la agricultura tienden, con el tiempo, a transformarse.

Por aguda escasez de agua buena parte de California ha regresado a ser un desierto. En la otra cara de la moneda, al haber canalizado los recursos hídricos de los Andes, muchas áreas desérticas del Perú se han convertido en emporios agrícolas. Costa Rica ha disminuido considerablemente su potencial agrícola convirtiendo parte de sus tierras en ‘reservas ecológicas’, actividad mucho más rentable que la agricultura. Finalmente, existe el fenómeno de la migración del campesino a las urbes en busca de empleo, salud, educación, entretenimiento y compañía.

Las ZRC corren el riesgo de convertirse en ‘camisas de fuerza’ que no permiten el desarrollo de actividades distintas de la ‘agricultura campesina’; y en las que el país en vez de ‘campesinos sin tierras’, termine es con ‘tierras sin campesinos’. Detroit terminó con operarios, pero sin fábricas.

Haciendo abstracción de las delirantes propuestas políticas de las Farc, cuyo objetivo es convertir a las ZRC en ‘republiquetas independientes’, muchos de los patrocinadores de las ZRC tienen una visión romántica y utópica, pero poco realista.

Como bien lo expresa en reciente artículo Brigitte Baptiste refiriéndose a la ‘Ecología profética’: “El problema es que en la mayoría de escenarios de planificación seguimos apegados a una visión regulatoria extrema que tiende a imaginar el futuro como una versión ‘mejorada’, a veces idílica, del pasado: así operan las ideologías, incluidas las tecnocráticas; son falsificadoras de utopía”.

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