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HACE ALGUNOS LUSTROS, LA SABIduría convencional rezaba que si los Estados Unidos estornudaban, al resto del mundo, y especialmente a América Latina, le daba pulmonía. Pretender que una gripa seria de los norteamericanos no va a causar un catarro a nivel global es un error.
Es un error porque la producción de bienes y servicios estadounidense sigue siendo la más grande del mundo: con un PIB de 13.808 miles de millones de dólares, la economía de EE.UU. es 14% más grande que la de todos los 25 países de la Unión Europea juntos, 215% más grande que la del Japón, seis veces más grande que la de China, diez veces más grande que la del Brasil, y once veces más que la de la India. El tamaño de la economía de Estados Unidos es del orden del 30% al 35% de la economía mundial y aunque el peso relativo ha disminuido, sigue teniendo una importancia significativa.
En el campo del comercio exterior, las exportaciones e importaciones de EE.UU. suman 3.600 miles de millones de dólares, suma superior al PIB de China e India juntos. La recesión en Estados Unidos va a afectar, de manera grave al comercio global. De hecho, las economías de China e India ya está sintiendo los efectos de la recesión norteamericana.
Hay tres factores que van a influir muy directamente en las economías latinoamericanas a corto plazo:
— El primero de ellos es que la menor demanda en Estados Unidos va a llevar a una importante caída en los precios de las materias primas, especialmente el petróleo, el carbón, y los metales como el cobre. Es muy posible que este descenso en los precios cubra igualmente los alimentos y otras materias primas.
— El segundo es que muy probablemente se va a presentar una importante disminución en los flujos de capital, flujos que con seguridad se van buscar otros destinos menos rentables pero mucho más seguros en la percepción de los inversionistas, como los Bonos del Tesoro estadounidense.
— El tercero es un descenso en las remesas. Aparentemente hay un aumento temporal en las sumas que se envían, por el temor de los emigrantes de colocar su ahorros en los bancos locales.
La estructura o mix de la economía de Estados Unidos ha cambiado radicalmente en los últimos 50 años. De ser una economía industrial, ha pasado a ser una economía de servicios, servicios que hoy en día componen el 69% del PIB. La industria manufacturera solo participa en el 19% del PIB, mientras que los gastos del Estado a nivel federal, estatal y municipal, componen el 12% del PIB.
Dentro del sector de los servicios figuran principalmente los servicios financieros, los seguros, la salud, la educación y el entretenimiento, incluyendo el turismo. En una recesión, todas estas actividades van a sufrir una importante caída y es casi una certeza que el desempleo, principalmente el menos calificado, se va a disparar.
En las economías altamente apalancadas como la de EE.UU., la reactivación sólo se dará cuando se recupere la confianza en el sistema financiero. Los esfuerzos por reactivar la demanda, por sí solos, pueden ser estériles. Un banquero de inversión, Marc Faber, con mucha gracia apuntaba en el boletín que les mandó a sus clientes: “Para estimular la demanda, el gobierno federal propone reintegrarnos a los ciudadanos 600 dólares por cabeza: si este dinero lo gastamos en Wal-Mart, los dólares van a dar a la China; si lo gastamos en gasolina, termina en manos de Chávez o de los árabes; si compramos frutas o vegetales, va a parar es en México; si lo que compramos es un carro, la plata se va es al Japón o a Alemania. La única forma de asegurarnos que el dinero permanezca en Estados Unidos es gastarlos en mujerzuelas y en cerveza, que son los únicos productos que se producen en esta nación”.