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¿El ocaso del “populismo salvaje”?

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El «populismo salvaje», un fenómeno que la izquierda en América Latina ha impuesto y perfeccionado de manera admirable, ha sufrido múltiples descalabros.

Las sociedades en donde se practica el “populismo salvaje” guardan casi todas las apariencias de ser sociedades democráticas. Es decir, hay simulada separación de poderes entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Igualmente se llevan a cabo elecciones con moderada frecuencia. Aparentan adicionalmente tener una rama judicial independiente. Finalmente, hacen todo lo posible para simular que existen unos medios independientes que fiscalizan el desempeño del Gobierno. Pero en realidad, como se explica a continuación, todo es un montaje —a veces sofisticado y refinado, y a veces burdo y rastrero—.

La formula para perpetuarse en el poder, controlando todas las ramas del Estado y simultáneamente manteniendo una apariencia de democracia es asaz sencilla: silenciar a los medios; cooptar por medio de prebendas y dádivas al legislativo y al judicial; manipular el sistema electoral. Para silenciar a los medios hay tres métodos, todos con apariencia de legitimidad: el primero es comprarlos, ya sea directamente o a través de calanchines. Esa es la fórmula venezolana. La segunda es colocándoles un “bozal de arepa”. Es decir, con el hábil manejo de la pauta publicitaria del Estado, los regímenes ejercen control del contenido de los medios. Finalmente está la presión legal cuando de antemano se ha asegurado que un Congreso débil y pusilánime aprueba leyes restrictivas contra la libertad de expresión. Este es le método de Correa en Ecuador.

Pero es muy probable que estemos atravesando el fin de una era. Hace unas semanas los argentinos le propinaron una derrota a Cristina Kirchner, representante por excelencia de ese “populismo salvaje” que en casi todos los casos se metamorfosea en democracia totalitaria. Tenemos la certeza que el próximo presidente de Argentina, Mauricio Macri, hará hasta lo imposible para desmontar la corrupta e ineficaz maquinaria que los Kirchner habían armado para favorecer, en primer lugar a ellos mismos, y a renglón seguido a su séquito. El domingo pasado, en razón a las elecciones para elegir a los diputados de la Asamblea Legislativa, los venezolanos tuvieron oportunidad de mostrar su contundente rechazo al chavismo, movimiento que por excelencia representaba el “populismo salvaje”. Y si bien no se ha dado todavía el relevo de Maduro, es muy probable que la Asamblea, bajo el control de la oposición, pueda desmontar paulatinamente los mecanismos fascistas del chavismo.

Por otro lado Evo Morales, quien no alberga la menor duda que ganará el referendo que se va adelantar en febrero del 2016, sin vergüenza alguna afirma: “No soy yo, es el pueblo”. Esta representación del pueblo encarnada en una sola persona es la misma fórmula que han utilizado otras cabezas de regímenes totalitarios europeos como Mussolini y Hitler. Contando con algo de suerte, América Latina puede estar ad portas del ocaso del “populismo salvaje”. Como afirmaba un reciente artículo de El Espectador (Dic. 9/15): “La ‘izquierda victoriosa’ de la década pasada va saliendo cabizbaja del escenario regional, marcada por actos de corrupción y abuso del poder… lo más irónico es que la izquierda devuelve el poder a sus contradictores por su propia ineficacia y su desactualizada ideología y retórica”.

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