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En bandeja de plata

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HAY QUE SER TONTO DE CAPIROTE para tragarse el cuento de que las razones por las cuales Chávez está exigiendo poderes omnímodos es para paliar la suerte de los damnificados del invierno en Venezuela.

Lo que pretende el autócrata —al convertirse en dictador por 12 a 18 meses— es convertir en un cascarón vacío el nuevo Congreso que se instalará el 5 de enero próximo (en el cual los diputados chavistas ya no contarán con la mayoría de los votos) y ponerle a fondo el acelerador al ‘Socialismo del Siglo XXI’, nacionalizando empresas en todos los sectores, especialmente en el agroindustrial; estatizando el sector financiero, estrangulando el sector privado y terminando de colocar el bozal a la prensa y a la libertad de expresión, muy especialmente a internet.

El socialismo del siglo XIX y XX, principalmente en su versión tropical, fue un fracaso estruendoso. No hay absolutamente ninguna razón para pensar que el socialismo del siglo XXI correrá diferente suerte. Venezuela se dirige a pasos agigantados al precipicio y Chávez con sus poderes dictatoriales hará realidad la sentencia de Bolívar en la que un país en donde uno solo ejerce el poder, es un país de esclavos.

No hay un solo economista serio que no le adjudique al capital humano un papel fundamental en el desarrollo económico y social de un país. La enorme pujanza y consecuente riqueza de Venezuela desde los años treinta hasta los ochenta se debe, en buena parte, a los millones de immigrantes, principalmente de Italia, España y Portugal, que nuestro vecino acogió con calor y generosidad. En muy buena parte, estos expatriados eran hombres, mujeres y niños con precaria educación y escasa fortuna, a los que tanto la guerra civil española como las dos guerras mundiales habían despojado de toda esperanza. Más que inversión, lo que estos migrantes del viejo continente trajeron a Venezuela fueron sus neuronas, su disciplina, su enorme capacidad de trabajo y su profundo agradecimiento por aquella nación que los recibió con los brazos abiertos. No albergo la menor duda de que cuando la historia emita su veredicto va a señalar que no fue el petróleo (que a la postre resultó ser el estiércol del diablo como Uslar Pietri acertadamente lo tildó), sino los inmigrantes los que transformaron a Venezuela.

Chávez le está brindando a Colombia en bandeja de plata una invaluable y única oportunidad de saltarse varios años el arduo camino de la superación y aumentar en varios puntos la tasa de crecimiento. Su nueva “ley habilitante” va a ser la sacudida final para que millares de venezolanos (que no aceptan ser parte de un país de esclavos y que son conscientes de que más temprano que tarde el ‘Socialismo del Siglo XXI’, aparte de arrebatarles la libertad, les va a expropiar sus bienes) decidan emigrar. Los descendientes de los inmigrantes europeos son más solventes e instruidos que sus antepasados, ya que uno de los enormes éxitos del Estado venezolano fueron las becas “Mariscal de Ayacucho”, en donde a todo venezolano que lo aceptaran en una universidad se le pagaba la educación.

Los colombianos, con sobrada razón, nos quejamos del mal trato que recibimos en el extranjero. De lo que somos poco conscientes es del mal trato que nosotros les damos a los extranjeros. El Presidente y la inteligente Canciller les deben dar un enorme ‘revolcón’ a las arcaicas políticas de inmigración, diseñando los mecanismos (incluyendo la residencia y ciudadanía) para atraer y facilitar el enorme flujo de venezolanos que seguramente les interese inmigrar a Colombia.

Está en manos de Santos y su equipo que nos lluevan ingenieros, catedráticos, profesionales y empresarios del vecino país. ¡Ojalá no desaprovechemos esta única y singular oportunidad y podamos recibir estos inmigrantes con el mismo calor y generosidad con que Venezuela recibió a sus antepasados!

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