Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Aquellos legisladores o revolucionarios que prometen la igualdad y la libertad de manera simultánea, o son soñadores utópicos, o charlatanes”: Goethe
Estados Unidos —cuyo coeficiente Gini se ha deteriorado notoriamente— tiene la mayor desigualdad de ingreso entre los países de la OCDE y, en los últimos 30 años, ha experimentado también el mayor incremento en esta desigualdad. ¿Qué ha pasado y qué es el coeficiente Gini? En 1912 Corrado Gini, un estadístico italiano, ideó un método para medir la desigualdad de una distribución. Dicho coeficiente, al que se le asigna un valor numérico entre 0 y 1, mide entre otras la desigualdad en la distribución de los ingresos. El 0 representa la igualdad total, es decir, la circunstancia en la que todas las personas de un país tienen los mismos ingresos o riqueza. El 1 representa la total desigualdad, esto es, una sola persona ostenta todos los ingresos o la riqueza de un país. No obstante su frecuente utilización, el coeficiente Gini tiene serias limitaciones. En primer lugar, no mide ni la prosperidad, ni el bienestar de una nación, solo la distribución de su riqueza… o pobreza. En segundo lugar, es una ‘foto’, un punto en el tiempo, y para entender su relevancia es necesario compararlo, revisar las tendencias, y desmenuzarlo en varios componentes. Tampoco el coeficiente Gini refleja el hecho de que la mayoría de las personas, en materia de ingresos, presenta una parábola en que solo al terminar sus estudios reciben ingresos que en el curso del tiempo van aumentando y que al final de la vida disminuyen.
En un artículo reciente, los economistas Emmanuel Sáez y Gabriel Zucman argumentan que casi todo el aumento de la desigualdad de EE.UU. en los últimos 30 años es atribuible al “aumento de la riqueza del 0,1 % de la población, concretamente el 0,01%, cuya riqueza creció un promedio de 3,9% al año desde 1986 hasta 2012”. “La riqueza es cada vez más concentrada en los Estados Unidos —escribieron los autores—, pero este fenómeno se debe en gran parte a la dinámica de las familias extraordinariamente ricas”.
Dada la creciente desigualdad, uno pensaría que una parte importante de los estadounidenses estén en permanente estado de agitación y que decenas de miles de balseros gringos se preparan en la Florida a arriesgar sus vidas para llegar a Cuba, paraíso —dentro de la miseria— de la igualdad. Pero ese no es el caso por una razón de mucho peso: la creciente desigualdad en Estados Unidos no tiene ningún impacto sobre el 99,99% de la población. No es que ‘los ricos se vuelvan más ricos y los pobres más pobres’, como afirma la izquierda, sino que los muy ricos se están volviendo ultrarricos.
El problema de la desigualdad, ya sea en Estados Unidos como en cualquier parte del mundo, no es la brecha entre ricos, menos ricos y pobres. El problema es que al no haber abolido la pobreza, perseveran los pobres, definiendo a un pobre como aquel cuyos ingresos no le permitan acceder a los mínimos en materia de alimentación, techo, educación, y recreación. La meta de una democracia necesariamente tiene que ser disminuir, por no decir eliminar, la pobreza. Sacrificar en el altar de la igualdad la creación de riqueza —coartando de paso las libertades individuales— es una estupidez que inexorablemente conduce a la multiplicación y perpetuación de la pobreza.