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El «Estado Niñera», o Nanny State, como le dicen en los países anglosajones, es el conjunto de políticas que buscan regular los “vicios” de la gente con el fin de modificar hábitos y mejorar los índices de salud de la población.
Los detractores afirman que los burócratas del “Estado Niñera” se dedican a restringir libertades a fin de ahorrarles a los adultos los problemas derivados de tomar decisiones por sí mismos. Los defensores del “Estado Niñera”, por el contrario, sostienen que el Estado debe tener un rol de prevención en la salud de los individuos, más aún cuando es éste el que se hace cargo de los costos en la atención pública.
¿Y de qué manera se distingue un impuesto “niñera” de cualquier otro impuesto? En que dicho tributo le trae al burócrata una triple satisfacción. Por una parte, el funcionario asume que dichos impuestos desincentivan el consumo de manera permanente. El segundo factor que colma de felicidad al burócrata es que dichos recursos sirven para ampliar el radio de acción del “Estado Niñera”, incluyendo los medios coactivos y policiales para que las normas se cumplan a rajatabla. Finalmente, el impuesto exime al chupatintas de tener que montar e incentivar medidas realmente efectivas para modificar el alcoholismo, el tabaquismo, y la obesidad.
¿Y qué tan eficientes son los “impuestos niñera”? Es pertinente analizar el caso de México, que en 2014 impuso un impuesto a las bebidas azucaradas. Si bien al principio dicho impuesto logró una reducción en las ventas, hoy el consumo de dichas bebidas ha regresado a los mismos niveles de hace dos años. Lo que sí ha ocurrido es que dicho impuesto, que está recaudando cerca de US$2.000 millones para el fisco mexicano, se ha convertido en una fuente importante de ingresos para el “Estado Niñera”. La parte absolutamente deplorable de este impuesto es que, además de inocuo, es regresivo, ya que lo pagan casi exclusivamente los pobres al ser las bebidas azucaradas su principal fuente de calorías. Lo que ha hecho el Gobierno mexicano, y pretende hacer el nuestro, es que sean los estratos bajos los que alimenten la cada día más inflada burocracia del “Estado Niñera”.
El ministro de Salud, Alejandro Gaviria, en su blog de agosto del 2012 no parecía ser tan partidario del Nanny State: “El Estado paternalista tiene cada vez más promotores. Unos lo defienden en nombre de las buenas costumbres y los valores éticos; otros en nombre de la salud pública y el bienestar general. Los primeros quieren controlar las mentes de los jóvenes; los segundos aspiran a proteger sus cuerpos. Pero más allá de estas diferencias, unos y otros pretenden regular el comportamiento privado, sustituir a los padres de familia y en últimas usar el poder estatal para promover una forma de vida particular: la suya… «Ipsedixistas» llamaba el filósofo Jeremías Bentham a los reformadores sociales que pretenden convertir sus prejuicios personales en imperativos categóricos, en decretos, leyes o mandatos… Un mundo de jóvenes bien vestidos y bien nutridos, que se dedican a cultivar las virtudes duraderas de la sabiduría y la solidaridad parece un ideal atractivo. Pero puede ser también una gran pesadilla. Sea lo que sea, no justifica la expansión del Estado paternalista y el consecuente menoscabo de las libertades individuales”.
Como diría Rubén Blades: “sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas, ay, Dios”.
* El autor de esta nota es miembro de la Junta de un grupo que, entre otros productos, fabrica alcohol y azúcar.