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LA CATÁSTROFE AMBIENTAL, ECOnómica y política que ha sido el derrame de petróleo en el golfo de México puede ser el inicio de una profunda catarsis.
El estrago ecológico, principalmente lo relacionado con las aves, moluscos y corales es irreparable; en el campo económico, encima de los enormes costos de limpieza, se encuentran las multimillonarias pérdidas en los sectores de pesca y turismo. Adicionalmente es posible que la BP entre en bancarrota, lo que afectaría a 18 millones de ingleses que entre pensionados e inversionistas mantenían sus ahorros en acciones y bonos de esta empresa; y en lo político, entre otras, el equívoco manejo de Obama en esta crisis posiblemente le cueste la reelección.
Como no hay mal que por bien no venga, de esta calamidad puede que el mundo despierte y tome conciencia de que necesita desprenderse de su adicción a los combustibles fósiles, especialmente al petróleo que tiene, entre otras, tres características que hacen inaplazable su sustitución: la primera es que es un recurso no renovable. Hace ya más de 100 años Max Weber vaticinó el fin de la era del petróleo “cuando se quemara el último quintal de combustible fósil”. (Sin embargo, la edad de la piedra no se acabó porque se acabaran las piedras). La segunda es que el petróleo es altamente contaminante y su utilización es responsable de buena parte del deterioro ambiental y del cambio climático. Y la tercera es que la producción y las reservas de este hidrocarburo se encuentran no sólo lejos de los centros de consumo, sino que se concentran en unos países tan inestables como impredecibles, como Irán y Venezuela. Obama, ante la catástrofe del golfo de México, ha sugerido que esta tragedia puede ser el comienzo del fin de la era de energía fósil. Ojalá se trate de un compromiso serio y no de palabras vacuas.
La pregunta obvia, parafraseando al Dr. López Michelsen, es ¿si no es petróleo, qué? Pero antes de responderla es necesario entender que el petróleo es esencialmente transporte. De un barril de crudo de 42 galones se sacan 19 galones de gasolina, 10 galones de diésel y 4 galones de gasolina de aviación. Los otros 9 galones se utilizan en los sectores industriales, comerciales y residenciales. Es por lo tanto evidente que si se desarrolla una nueva tecnología para mover los carros, camiones y aviones distinta al petróleo, este hidrocarburo va a perder muy rápidamente su relevancia económica y estratégica.
Aquellos que vislumbran un mundo exclusivamente con transporte público, están soñando quimeras. El carro, que por definición brinda todo tipo de ventajas, entre ellas libertad de desplazamiento, va a seguir siendo el rey. Lo que es imperativo es desarrollar un vehículo más liviano y seguro que no dependa de los combustibles fósiles. Casi con seguridad, a mediano y largo plazo son los motores eléctricos los que van a reemplazar los motores convencionales. Si bien para buena parte de los estudiosos del transporte los vehículos del futuro serán eléctricos, no es del todo claro si esta electricidad será tomada de la red y almacenada en baterías o si va a ser producida por celdas de hidrógeno instaladas en el propio vehículo. La tecnología de las baterías en cuanto a menor precio y peso, todavía no ha logrado sus propósitos y el costo de las celdas de hidrógeno sigue siendo demasiado alto. Por lo tanto la tecnología puente (que puede durar entre una a dos décadas) va a ser la de los carros y camiones híbridos, aquellos que combinan uno o varios motores eléctricos con un motor convencional. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes de automóviles en el mundo ofrecen modelos híbridos.
Colombia, además de colocarse en la vanguardia tecnológica del transporte, se puede convertir en la gran potencia eléctrica del continente. Este será el tema de un próximo artículo.