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Instrumentos de destrucción masiva

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Para el premio Nobel de economía Douglas North, «la combinación de reglas formales e informales y las características de aplicación coercitiva de las reglas configura la estructura de incentivos de una sociedad».

En esencia, North afirma que cuando los incentivos alientan a las personas a ser productivas, las economías crecen. A la inversa, cuando los incentivos (o la ausencia de desincentivos) premian conductas y actividades especulativas y no productivas, las economías decrecen.

La actual crisis del euro es una demostración palpable del inmenso poder de los incentivos (o la ausencia de desincentivos) que se han convertido, económicamente hablando, en instrumentos de destrucción masiva. El caso de Grecia es ilustrativo: este país entró en la Eurozona en el 2001 y, para cumplir con los indicadores (mantener el déficit fiscal por debajo del 3%), presentó cifras adulteradas. En el 2005, Grecia confesó que su déficit fiscal estaba más en el orden del 15%, pero los burócratas en Bruselas, en vez de haber implementado los correctivos que obligaran a Grecia a poner su casa en orden, se hicieron los locos. Es decir, tácitamente establecieron incentivos perversos para que los países, con absoluta impunidad, burlaran las reglas del Tratado de Maastricht. Con la abierta complicidad de bancos de inversión, incluyendo Goldman Sachs, los griegos siguieron endeudándose más allá de su capacidad de pago, en el entendido de que los eventuales problemas de iliquidez e insolvencia no eran exclusivamente por cuenta de ellos, sino de toda la Comunidad. A nadie se le pasó por la mente que el mayor daño que la Comunidad estaba haciéndole a Grecia era no obligar a los helenos a modificar sus irresponsables políticas de gasto. Es como si el anfitrión, al ver uno de sus invitados borracho, lo que hiciera fuera servirle más trago.

En Estados Unidos, con consecuencias globales, pasó algo similar. El Estado pusilánimemente autorizó a las instituciones financieras, sobre todo a los bancos de inversión, a crear instrumentos financieros que les permitieron a los bancos comerciales multiplicar irresponsablemente sus créditos hipotecarios. Paralelamente, a Wall Street se le consintió el comercializar instrumentos de destrucción masiva como los Credit Default Swaps (CDS), que son el equivalente a que un inversionista cualquiera pueda tomar una póliza contra incendio sobre la casa de un tercero. Obviamente, el incentivo para este inversionista es hacer todo lo humanamente posible para que la casa se incendie, sin importar las consecuencias. Wall Street, cuyo deshonroso papel en la crisis sub-prime era transformar —utilizando nigromancia financiera— en oro la basura hipotecaria, era consciente de que al final del día la cuenta la terminaba pagando el contribuyente.

Para el autor de esta nota la solución no es la desintegración de la Eurozona. Por el contrario, la solución es una mayor integración política y económica, integración que implica centralizar las decisiones sobre el nivel de gasto y la tasa impositiva. Para evitar el colapso futuro de la integración monetaria, los egresos y los tributos se van a decidir en Bruselas, no en las capitales de los países miembros. Y los que no encuentren aceptable esta pérdida de soberanía tendrán necesariamente que abandonar la Eurozona.

En Estados Unidos es indispensable eliminar los incentivos (o imponer los desincentivos) que le permitieron a Wall Street pasar de ser un vehículo (con algunos valores éticos) para asignar de manera más eficiente un recurso escaso como el capital, a ser un garito en que unos pocos actores huérfanos de escrúpulos utilizan instrumentos financieros de destrucción masiva para repartirse entre ellos las ganancias, mientras que las pérdidas se socializan entre los contribuyentes.

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