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Para empezar a contestar la pregunta que encabeza este artículo se debe entender que el transporte (terrestre, marítimo y aéreo) representa el 70% del uso del petróleo.
El sector transportador —que ha hecho posible más de un siglo de desarrollo social y económico favoreciendo el movimiento de personas, mercancías y servicios— depende en un 95% de los combustibles líquidos derivados del petróleo. Dicho de otra forma, el transporte es petróleo y el petróleo es transporte.
De aparecer otro combustible, menos contaminante y más barato, la demanda y los precios del petróleo se empezarán a desplomar muy rápidamente. Sería la repetición de lo que pasó en el siglo XIX con el aceite de ballena, cuando fue reemplazado por el querosene, combustible más abundante y barato.
El nuevo combustible es la electricidad. El problema es que hasta el momento, tanto desde el punto de vista técnico como el económico, a la tecnología de almacenamiento le ha faltado un hervor.
Los vehículos eléctricos no son algo nuevo: en el año 1900 las ventas de estos carros superaban a sus competidores de gasolina. Sin embargo, los criterios de decisión en aquellos días eran muy diferentes a los que hay hoy: el petróleo era barato y abundante, y los costes externos asociados a su uso eran en gran medida invisibles o prácticamente desconocidos. Así, el vehículo con motor de combustión interna pasó a ser la tecnología dominante dado que era menos costoso y no tenía las limitaciones de los vehículos eléctricos (capacidad de almacenamiento y tiempos de recarga).
Hoy, el panorama es diferente: el petróleo es caro y contaminante, mientras que la electricidad puede ser limpia y es relativamente barata. Para dar un ejemplo concreto, asumamos un carro de motor de combustión interna cuya eficiencia le permite recorrer 40 km por galón. Y si el galón de gasolina cuesta $9.000, el costo del recorrido de 40 km es $9.000. Por el contrario, un vehículo eléctrico promedio consume 6 kWh por cada 40 kilómetros de recorrido. A un precio de $234 kWh, el costo del recorrido de 40 km es sólo $1.404, seis veces más barato.
Los vehículos eléctricos van a optar por dos tecnologías (los híbridos son sencillamente un punto intermedio): la primera es el vehículo con baterías que almacenan electricidad y que requieren ser recargadas periódicamente. Los problemas con esta tecnología tienen dos vertientes: a pesar de notorios avances, las baterías siguen siendo muy pesadas, muy voluminosas, muy costosas, con una relativa baja capacidad de carga, y larga duración de recargue. A todos los anteriores inconvenientes se añade que las redes de recarga, con excepción de algunas pocas zonas urbanas en EE.UU., Europa y parte de Asia, son escasas.
Por otra parte, están las llamadas celdas de hidrógeno, que le permiten al vehículo ir produciendo su propia electricidad. Una celda genera electricidad combinando hidrógeno y oxígeno electroquímicamente sin ninguna combustión.
Algunos fabricantes —Tesla y GM de EE.UU., la BMW en Europa, y la Nissan japonesa— le apuestan al carro eléctrico que utiliza baterías para almacenar el “combustible”. Toyota y Honda anunciaron que su apuesta no es por las baterías sino por las celdas de hidrógeno.
En próximo artículo se discutirá el punto de quiebre de una era a la otra, al igual que aspectos ambientales y geopolíticos.