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Es difícil imaginarse que la Kodak, una de las compañías más emblemáticas y exitosas del planeta, dejaría de existir.
Con la desaparición de la fotografía convencional, seguramente van a pasar al olvido los “álbumes de fotografías”. Hace unos años un abogado amigo de Nueva York me relataba que una billonaria sucesión se le desbarató en la firma porque los herederos no se pusieron de acuerdo en quién se quedaba con el “álbum de fotos”). Con la entrada a la ley que reglamenta a las compañías ilíquidas e insolventes, Kodak, que acababa de cumplir 131 años de existencia, está prácticamente desahuciada. No albergo duda de que los forenses en temas empresariales pronto dictaminarán los resultados de la autopsia, pero en el entretanto puede ser interesante señalar algunos sospechosos:
En primer lugar está el advenimiento, con singular ímpetu, de las cámaras digitales. En menos de tres décadas las cámaras convencionales, con contadas excepciones, especialmente en el campo profesional, pasaron a los anaqueles del olvido. Para buena parte de los analistas en el corazón de la trágica muerte de Kodak está la cámara digital, tecnología que paradójicamente fue creación de dos ingenieros de Kodak, Steven Sasson y Gareth Lloyd. El nuevo invento fue ignorado por sus creadores, y esta ignorancia le dio gasolina a sus rivales para promocionar sus productos.
En segundo lugar, están Apple, RIM (Blackberry) y HTC (fabricante de teléfonos celulares), a quienes la misma Kodak acusa de haberla arrastrado a la bancarrota. Las afirmaciones de Kodak no parecen tener mayor sustento, porque fuera de demorar los pagos a la Kodak en algunas de las patentes, dos de ellas ni existían en la década de los sesenta cuando se inició la fotografía digital, y Apple no pasaba de ser una diminuta empresa con ningún impacto en el sector.
En tercer lugar está la ciudad de Rochester. El columnista Rich Karlgaard (Wall Street Journal, enero 13/12) afirma que si Kodak hubiera emigrado al “Valle de Silicona”, posiblemente se hubiera dado cuenta y hubiera aprovechado la revolución tecnológica que se estaba gestando. La insularidad, argumenta Karlgaard, fue fatal para este gigante.
Para el autor de esta nota hay un culpable de menor perfil, pero mayor papel: el éxito. Kodak era una “maquinita de hacer billete” (cash cow). A finales de los setenta Kodak, que vendía el 90% de los rollos y el 85% de las cámaras en Estados Unidos, generaba a rodos caja y utilidades. Habiendo creado la fotografía digital en los setenta, Kodak nunca pensó que el consumidor ni era de su propiedad, ni que el billete era esquivo; y que otras empresas como Nikon, Canon, Sony, Panasonic y Samsung estaban produciendo cámaras digitales superiores en calidad y precio. Los rollos, con su inmensa rentabilidad, subsidiaban unas cámaras digitales inferiores. Generando utilidades hasta hace cinco años, por más de tres décadas, la Kodak no se dio cuenta de que la suerte estaba echada.
Los dioses hicieron con la Kodak lo que suelen hacer con aquellos que piensan destruir: la volvieron arrogante. Pero todo parece indicar que los dioses no han terminado sus jugarretas. Mientras que a las cámaras digitales les tomó más de una década sobrepasar a las cámaras convencionales, las innovaciones en los “teléfonos inteligentes” les permitirá a estos últimos desplazar a las cámaras digitales en una fracción de ese tiempo. Un informe señala que el porcentaje de las fotografías tomadas con “teléfonos inteligentes” aumentó del 17% en el 2010 al 27% en el 2011, mientras que el uso de las cámaras compactas disminuyó del 52% en el 2010 al 44% en el 2011. Es decir, las presuntas asesinas de la Kodak (las cámaras digitales) a su turno van a ser liquidadas por los “teléfonos inteligentes”. Ni los dioses paran de reír, ni el “darwinismo” empresarial parece dar tregua.