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Quinientos mil millones de dólares

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QUINIENTOS MIL MILLONES DE DÓlares es la astronómica cifra que la Sociedad Americana de Lucha contra el Cáncer estima que son los costos anuales —a nivel mundial— de la adicción al tabaco.

Esta cifra se basa en el hecho de que  25% de los fumadores mueren prematuramente y muchos más sufren enfermedades incapacitantes precisamente en sus años más productivos; y al costo de oportunidad de sembrar tabaco en vez de alimentos en cuatro millones de hectáreas. El tabaco es el causante directo de seis millones de muertes anuales, incluyendo a 600.000 víctimas pasivas que fallecen por causa del humo.

Pero las grandes multinacionales tabacaleras, no contentas con los quinientos mil millones de dólares y los seis millones de muertos, acuden a inverosímiles ardides. Según informes de prensa, Uruguay enfrenta una multimillonaria demanda de la tabacalera hoy radicada en Suiza, Philip Morris, transnacional que hasta hace poco era una poderosa empresa norteamericana. La transnacional suiza afirma que sus inversiones se vieron afectadas por la prohibición uruguaya de venta de cigarrillos light, así como la obligación de exhibir, en 80% de las cajetillas, imágenes de advertencia sobre los peligros de fumar. Philip Morris exige daños y perjuicios por no haber podido envenenar a los uruguayos en el nivel que originalmente pretendían, argumentando que las políticas antitabaco uruguayas de los últimos años violan tratados firmados con Suiza a finales de los 90.

A raíz del éxito de las políticas contra el cigarrillo en los países más desarrollados, las grandes transnacionales del tabaco han volcado sus esfuerzos  en envenenar a los ciudadanos de los países emergentes. Si bien la política contra los estupefacientes de Estados Unidos es un fracaso, las políticas contra el tabaco han tenido excelentes resultados, principalmente porque, siendo el tabaco igualmente una droga que crea adicción e intoxica al cuerpo, la han regulado y no prohibido. El precio de una cajetilla de cigarrillos en Nueva York se ha doblado en los últimos diez años: de los US$10,80 que paga el consumidor, US$7,50 son impuestos. Por el contrario, el precio de la cocaína y de la heroína en el mismo periodo se ha reducido  40%. La disminución en el precio de las drogas duras refleja el fracaso absoluto de las políticas de represión, mientras que los altos precios del tabaco han llevado a una notable disminución en la demanda de cigarillos. La solución de legalizar, regular, y poner impuestos altos pareciera tener bastante mejores resultados que la criminalización.

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Uno de los grandes misterios que sigo sin entender es la posición de muchos, dentro de los que se encuentra un amplio abanico que va desde ecólogos fundamentalistas hasta el presidente de la Nestlé, Peter Brabeck-Letmathe, en contra de la producción de biocombustibles. El argumento principal que esgrimen es que mientras que exista hambre en el mundo, es inmoral utilizar comida para producir biocombustibles. Haciendo abstracción de la definición de comida, el argumento de los nuevos moralistas es espurio, ya que el hambre en el mundo es causa de enormes falencias en la distribución de alimentos, y no en su producción. Pero lo que sorprende aún más de las rígidas posturas de estos nuevos moralistas es que no se dan cuenta de que hay mucho más tierra dedicada a actividades no productivas como los prados y céspedes; y a siembras de cultivos que no son alimento, verbigracia, tabaco, café, marihuana y cocaína, que tierra dedicada a los biocombustibles. En cifras concretas, hay 4 millones de hectáreas sembradas en tabaco, 11 millones en café, y cerca de dos millones en cultivos ilícitos. En céspedes y prados, que consumen  60% del agua de riego, hay cuatro veces más hectáreas que en agricultura.

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