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A mitad del siglo XIX las ciudades de Salem y New Bedford, en el estado de Massachusetts, eran los epicentros de una boyante industria ballenera que entre 1816 y 1850 multiplicó su tamaño por un factor de 14 veces, llegando a tener más de 1.200 barcos, un número superior a cualquier otra flota pesquera en el mundo.
De acuerdo con un diario de la época, en su apogeo la industria de la caza de ballenas contribuyó con 10 millones (en dólares de 1880) al PIB estadounidense, logrando que Salem y New Bedford tuvieran el ingreso per cápita más alto de la nación y posiblemente del mundo. La demanda de combustibles para la iluminación en EE.UU. se acrecentó, al inicio del siglo XIX, atendiendo el crecimiento de las grandes ciudades. Como respuesta a esta necesidad surgió —principalmente en la costa noroeste de Estados Unidos— la caza de ballenas, puesto que este mamífero posee una gruesa capa de grasa bajo la piel de la cual se obtenían ingentes cantidades de aceite que se utilizaba fundamentalmente para el alumbrado. El aceite de las ballenas no solo proveía el ámbar gris de la luz, sino las bases para perfumes y lociones de afeitar. Los cartílagos de este mamífero se utilizaban para mantener firmes los corsés.
¿Y a qué se debió el dominio de Salem, y New Bedford en particular y de EE.UU en general, en el negocio ballenero? Primero, los estadounidenses contaban con barcos grandes y modernos, al igual que cartografía e instrumentos de navegación bastante más precisos. En segundo lugar, los yanquis tenían el arpón de palanca de hierro, un arma letal y eficaz en la caza de ballenas. En tercer lugar, las innovaciones mecánicas en torno al manejo de las grandes velas redujeron considerablemente el número de marineros necesarios en cada viaje. Salem y New Bedford estaban en la vanguardia de la tecnología e innovación.
Pero aquella floreciente actividad pesquera, que en tres décadas se había convertido en la quinta industria más importante de los Estados Unidos, en menos de 15 años iba a desvanecerse. La razón de este fenómeno fue una noticia que los habitantes de Salem y New Bedford no percibieron, o supieron asimilar: “El 27 de agosto de 1859, en un pozo que fue construido por el ‘coronel’ Drake en Oil Creek, cerca de Titusville, Pensilvania, se encontró petróleo”.
Aunque el petróleo era conocido con anterioridad a este hecho, no estaba disponible en cantidades suficientes para ser económicamente útil. En 1859, la producción de crudo en EE.UU. no llegaba a los 2.000 barriles por año. Cuarenta años más tarde, este país producía 2.000 barriles cada 17 minutos.
Y si bien en 1859 la suerte de Salem y New Bedford estaba echada, durante la siguiente década los habitantes de estas dos ciudades siguieron gastando sin entender que el fin de su próspera industria era inminente. A partir de esa fatídica fecha, las preferencias de combustible para el alumbrado público y privado se trasladaron a otra fuente diferente al aceite de ballena: el petróleo. El tránsito al precipicio fue inexorable.
¿Será que los colombianos nos vamos a seguir comiendo el cuento de que los precios del petróleo no se pueden desplomar por debajo de 80 dólares? ¿Tampoco entenderemos que el fin de la era de los hidrocarburos líquidos puede estar más cerca de lo que creemos?
¿Será que somos tan bobos de creer que Venezuela y Maduro son importantes porque dicho país tiene 300.000 millones de barriles en reservas de un producto cuya importancia en el futuro es incierta?
¿Será que el Estado colombiano se despierta y se da cuenta de que depender en un 21% de sus ingresos en el petróleo conlleva un enorme riesgo político, cambiario y económico?