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¿Será que Slim tiene razón?

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No puedo ocultar que Carlos Slim está lejos de ser mi héroe.

Exponente de la faceta menos atractiva de un capitalismo de ‘amiguetes’ (“Crony capitalism”), Slim, cabalgando encima de un monopolio en comunicaciones que solo hace unas semanas el gobierno de México se ha atrevido a desmontar, se convirtió en el hombre más rico del mundo.

Pero el hecho de rechazar los mecanismos que le permitieron al mexicano amasar su fortuna no implica que Slim no pueda tener razón en algunas propuestas para generar empleo y reducir la pobreza. Concretamente Slim plantea que el modelo de cinco días y ocho horas de trabajo no es el más adecuado, proponiendo como alternativa tres días de trabajo de once horas. Slim mantiene que esta medida proporcionaría cuatro días libres a los trabajadores para “dedicarlos a la familia, a innovar, cultivarse o a crear”. Sectores como la salud, la educación, el entretenimiento, el turismo y el cuidado de personas mayores son áreas que tienen un futuro importante y donde sus empresas están invirtiendo, dijo Slim, y concluyó con que “la sociedad enfrenta un reto en educación y de condiciones laborales, donde hacen falta libertad, oportunidad y derechos humanos”. Por otro lado Slim afirma: “Las personas se están jubilando a los 60 años en algunos lados, la esperanza de vida cuando alguien llega a los 60 probablemente es de 85 o más años… Creo que debe haber una jubilación mucho más tardía, yo diría a los 70 años”, añadiendo: “la jubilación a los 60 años está vinculada con el pasado industrial… Ahora son sociedades de servicios, en donde lo importante no es la fuerza física, sino la experiencia y el conocimiento”.

La fundación New Economics señala tres ventajas en la reducción de los días de trabajo: 1. Avanzar hacia una semana laboral mucho más corta ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar, y ganar para consumir. Ayudaría a que la sociedad se las arreglara sin un crecimiento tan intensivo en carbono, a dejar tiempo para que la gente viva de forma más sostenible y a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. 2. Una semana laboral más corta podría ayudar a distribuir el trabajo remunerado de forma más homogénea entre la población, reduciendo el malestar asociado al desempleo, a las largas horas de trabajo y al escaso control sobre el tiempo. Haría posible que tanto el trabajo remunerado como el no remunerado fuera distribuido de forma más igualitaria entre hombres y mujeres; que la gente pudiera retrasar su jubilación si así lo quisiera y, en definitiva, de hacer otras cosas que sean de la elección de cada uno. 3. Un número menor de horas de trabajo podría ayudar a que la economía se adaptara a las necesidades de la sociedad y el medio ambiente, en vez de que la sociedad y el medio ambiente se vean subyugados a las necesidades de la economía.

Y si bien suena atractivo el que los trabajadores tengan cuatro días a la semana para “dedicarlos a la familia, a innovar, cultivarse o a crear”, en la práctica la disminución de las horas laborales no necesariamente ha generado mayor bienestar, ni ha contribuido a disminuir el desempleo. En Francia, la reducción de la jornada de 40 a 35 horas no afectó la productividad, pero tampoco disminuyó el desempleo.

Colombia, sin proponérselo, va en buen camino para llegar al sueño de Slim. Con 17 ‘puentes’, cada año nos acercamos más a las semanas de sólo cuatro días.

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