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Trasladando la lucha a otro estadio

Mauricio Botero Caicedo
03 de septiembre de 2016 – 09:54 p. m.

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Creo que las Farc sí tienen la intención sincera de abandonar las armas y un genuino convencimiento de que por medio de la violencia nunca llegarán al poder.

Esa convicción es lo que las ha llevado a firmar un acuerdo con el gobierno de Santos. En el anverso de la moneda, como bien lo señala Antonio Caballero en su más reciente columna en la revista Semana, el otro grupo narcoterrorista, los envejecidos guerrilleros del Eln, “están convencidos que la guerra es buena en sí misma, independientemente de sus resultados… y que encerrados en su convicción fanática, ajena a toda razón histórica, de que la paz es una derrota”.

Pero si bien las Farc probablemente van a abandonar las armas, lo que no van a abandonar es su ambición de hacerse al poder. Y si los colombianos olvidamos la indeclinable vocación de este grupo marxista de alzarse con el poder, estaremos condenados —por ingenuos— a vivir en una sociedad colectivista y totalitaria. Lo que las Farc hoy pretenden, siguiendo las tesis del pensador comunista Antonio Gramsci —y muy seguramente guiados por la mano experta del comunista español Enrique Santiago—, es trasladar su lucha a otro estadio. No habiendo triunfado en el terreno militar, las Farc metódica, paulatina e inexorablemente buscarán apoderarse de las instituciones controlando la hegemonía cultural y utilizando las estructuras democráticas para hacerse con el Estado. En esa meta, como bien lo dejan entrever Gloria Álvarez y Axel Kaiser en su excelente libro, El engaño populista, las Farc seguramente van a imitar los logros del partido Podemos en España y a seguir al pie de la letra la hoja de ruta de Gramsci. Afirman Kaiser y Álvarez: “Según Gramsci la mejor forma de construir un orden socialista no era por la vía revolucionaria violenta que promovían los marxistas leninistas, sino mediante una gradual y persistente trasformación de las diferentes instituciones, ideas y valores que predominaban en una sociedad”. El Confidencial, un portal ibérico, hace un somero resumen de la relación del pensamiento del italiano: 1. El Estado es apenas una trinchera avanzada tras la que se asienta la robusta cadena de fortalezas y fortines de la sociedad civil. 2. La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad. 3. El poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad. 4. La conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados “orgánicos”, infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios.

Dado que el estadio en que se va a librar la guerra por el poder es el de las ideas, es imperativo que la sociedad civil despierte e insista en la enseñanza y difusión de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. De no hacerlo, la guerra de las ideas la van a ganar los idólatras del Estado, aquellos a quienes los une un profundo desprecio por la libertad personal y la dignidad humana.

Quien dude de la estrategia real de las Farc, bien haría en releer la advertencia que Douglas Botero Boshell les hacía hace tres décadas a los colombianos: “Yo, Kerensky, al igual que todos los habitantes del país, soy defensor acérrimo de la paz. Pero ya habiendo sido burlado por dos tramposos, Lenin y Trotsky, no quiero que Colombia sea engañada nuevamente por quienes son maestros en la falacia y en la mentira. Los comunistas buscan siempre falsos ropajes para disfrazar sus intenciones”.

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